Teme lo que deseas

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― ¡FELIZ CUMPLEAÑOS LIZZY!


Jamás deseé celebrar mi cumpleaños, sufría por cada año que pasaba, el
final de la vida siempre está a la vuelta de la esquina. A mis veintiocho años me
sentía condenada a decrepitar, debía hacer algo pronto, algo desesperado, mi
único objetivo pasó a ser el vivir eternamente.


Los meses volaban y no existía nada que pudiera llevarme hasta lo que
tanto ansiaba. Tras mi última raya del día (me ayudaba a concentrarme), dando
por finalizada en lo que se había convertido una tarde exasperada, lo encontré…
Un texto extraño se transformó ante mí, tan fácil de entender que hasta un
bebé de teta habría sido capaz de descifrarlo. Sin pensarlo, leí y releí aquellas
letras malditas una y otra vez, pero lo único que obtuve fue una desidia que me
devoraba las entrañas lentamente.


No entendía qué hacía mal o que necesitaba para que aquel manuscrito
hiciera efecto. Cansada de intentarlo, busqué acabar con mi desazón y Main era
el alivio idóneo para el fin que buscaba.

― Vamos… cógelo… ―Reza apretando los dientes.
― Lizzy, ¿cómo estás?
― Hola… ¿Qué tal? Yo bien…
― Joder Lizzy, ¡eres de tan pocas palabras que casi he de preparar un
guion para conversar conmigo mismo! ―Replica mofándose―. Liz,
es broma, dime…
― Eh… ¿Qué haces hoy?
― Pero… ¡Elizabeth! ¿Está usted pidiéndome una cita?


Como he dicho, era un gilipollas, pero me apetecía despejar la cabeza.
Tomaríamos cerveza, para pasar el rato no estaba mal y el chico era divertido, lo
uno no quita lo otro…


― Vale, creo que ha sido mala idea, haz como si nada…
― ¡NO! Liz, perdona, sabes que estoy deseando tomar esa cerveza
contigo…
― Exhala con fuerza― Perdóname tú, tienes razón, es que hoy es un
día difícil y no estoy de muy buen humor…
― No pasa nada ¿A las siete?
― A las siete en el bar de los gusanitos.
― Está bien, a las siete, en el romántico bar de los gusanitos rancios.
Esta vez no me dejes plantado ¡chao!
― ¡Chao!

Main a veces podía ser «majete», pero en el fondo era como todos los
demás. Aquel día apareció increíblemente…. Está bien, no puedo describir como
se presentó, el resumen es que con ese atuendo buscaba «guerra», nadie aparece
marcando cada músculo y cuando digo, «cada músculo» es literal…


― Eres muy exagerado, estos gusanitos están buenísimos ―Comenta
Lizzy con la boca llena, chupándose los dedos naranjas.
― Estás rara, digo más de lo habitual, ¿va todo bien?
― Sí, bueno, no. Tienes razón, es que hoy es un día difícil y no estoy
de muy buen humor…
― ¿Difícil? ¿Qué te ha pasado, estás bien? ―Pregunta aferrándole los
hombros mientras sus enormes y redondeados azabaches le
perforan las retinas.
― Sí… el caso… es que hoy es… mi cumpleaños y estoy un poco
deprimida…
― Pero… ¡Qué dices! Eso es genial Liz, hoy lo celebraremos, vamos,
te invito a cenar, déjame que reserve… ―Rápidamente saca su
móvil tecleando con ansiedad, sonríe al encontrar lo que busca―.
Lo tengo, ¡este! Es perfecto, ya verás cómo se te pasan todos los
males…
― La verdad…
― Vamos, ¡verás que bien lo pasamos hoy! ¿Te apetece qué llame a la
pandilla?
― ¡No!
― Eh…
― Perdona, es que estoy un poco estresada…
Vale, no era un gilipollas, era perfecto, pero no para mí.
ELIIIIIIIIIIZABETH (voz gutural)
― ¿Has… has oído eso?
― Oír… ¿el qué?
― Nada, creí que había oído algo…


Aquella noche fue todo rodado, Main era tan… «perfecto», hablaba
a tiempo completo deleitándome con su estupenda sonrisa, yo solo
pensaba en hacer una cosa con él aparte de beber, después de la tarde de
estimulantes, no cené mucho como era de esperar, pero en mi grupo de
amigos nadie sospechaba a que me dedicaba en casa, todos pensaban que
me tiraba el día estudiando, pero no era muy ducha para los estudios y
por ese motivo suspendía…

― Lizzy…
― Dime…


Tras una magnífica noche en la que me olvidé por completo de mis
preocupaciones, donde descubrí que mi amigo me hacía sentir algo que no solo
era amistad, mi único temor era que el fin de la oscuridad se aproximaba,
rompiendo la magia con la dolorosa luz del sol.
Nos compramos unas hamburguesas yendo a parar a un banco de piedra
que rebosaba una íntima paz dentro de una hermosa plaza rodeada de jardines,


ELIIIIIIIIIIZABETH (voz gutural)


― ¡Joder! ―Lizzy se pone en pie sobresaltada.
― ¿Qué te pasa?
― ¿No lo has oído?
― Liz, en serio, creo que debes de ir a que te ayuden JAJAJA
― Eres un idiota…


Y llegó el momento, dos personas adultas y perfectamente normales que,
tras una noche deseando que pase algo, se miran y no saben si habrá rechazo por
parte del otro…


― Liz… ―Main la mira directamente a los ojos gritándole en silencio lo
que desea.
― ¿Sí? ―responde con un ronroneo.
― Sabes… ―Susurra mientras acercan sus labios, a la vez que las manos
de él atrapan sus caderas.


Aquel hombre era increíble, sus manos recorrían todos los senderos de mi
cuerpo como si los conocieran de memoria, el deseo me consumía y sabía que él
llevaba anhelando lo que estaba sucediendo mucho tiempo…


― Liz… Me vuelves loco, tenía tantas ganas de…
― Shh, no hables, disfruta del momento…


Sus yemas danzaban «despistadas» a cada momento por encima de mis
puntas marcadas con vehemencia bajo la fina blusa, traqueteaban la tela
frotándola al no tener la certeza de saberse el camino, pero sí lo sabían. Sí. Lo que
les pasaba es que se encontraban tan ansiosas que no se decantaban por dónde
empezar a quitarme la ropa. Bajaron por mis caderas hasta apretar la jugosa
carnaza que habían apresado, con un movimiento casi espasmódico, me sentó a
horcajadas frente a él, Main se las apañaba bien porque no recuerdo en qué
momento mi blusa se había abierto dejando salir a pasear el encaje que guarecía
con recelo por lo que tanto babeaba…

Al ver el contraste de color bajo la sinuosa tela, su cara se desencajó, similar
al ansia de un niño que tiene a su alcance un juguete que sabe será suyo.
Sus manos, al ver tal botín tan cerca no lo dudaron y dejaron de apretar
mis muslos contra su pelvis para estrujar el dibujo de la prenda como si fuera a
separarse de mi piel. Sentí su cálido aliento acercándose a uno de los puntos de
placer, jugaba a torturarme, cerré los ojos, deseaba sentir aquello intensamente…


Al no sentir nada, creí que observaba mi cara de estúpida y lo encontraría
mirándome con su bonita sonrisa asomando, pero no sucedió nada de eso, estaba
sola, sentada de forma ridícula en aquel oscuro banco…


Aturdida, sosteniendo el tsunami de lágrimas que amenazaban con
arrasar mi maquillaje, me abroché y levanté, no podía creer lo que había
sucedido, era una broma humillante, no se lo perdonaría jamás, parecía haberse
esfumado.


Caminé unos pasos por el jardín cuando de repente oí algo crujir, no podía
ver nada bajo el manto de la oscuridad, pero sabía que había algo allí, lo
presentía, una ráfaga de gélida brisa arañó mi piel, aceleré el paso cubriéndome
los brazos con lo que mis palmas abarcaban, para ser verano, el clima era extraño,
hasta que lo vi y todo encajó.


― Hola Lizzy…
― Q. Q. ¿Quién eres? ―responde con voz temblorosa.
― ¿No lo sabes ya? Tú, me has llamado, me deseas y este patán me
estorbaba, además… Tenía hambre…
― ¡DÉJAME PIRADO! ―Lizzy saca un spray de pimienta y rocía al
desconocido con él.
― ¿Qué haces? No seas estúpida, he venido a cumplir tu deseo…
― ¿QUÉ DICES, QUIÉN ERES TÚ?
― Está bien patética mortal, ¿te atormenta menos esta forma?
― Liz se asusta, de repente el extraño se ha convertido en Main, sus
ojos son diferentes y no se fía, está asustada y solo quiere salir de
allí―. Tú no eres Main, no me engañas, ¿dónde está? ¿Qué truco es
este?
― JAJAJA, puedo adoptar la forma de tu mamita si así dejas de
importunarme con tus lloriqueos…
― ¡MAIN! ¿dónde está? Si le ha pasado algo…
― El muchacho… Ha sido mi cena, he de añadir que siendo una añada
algo mayor para mi gusto, estaba exquisito, no tienes mal tino
muchacha…
― Está loco, déjeme pasar o…
― ¿O qué? ―Con un rápido movimiento, el ser se postra frente a Liz,
ya no es su amante, ahora es una aterradora sombra a la que para
ver lo que parece su rostro, ha de levantar la cabeza, desprende un
olor nauseabundo y metálico. Liz llora aterrada―. Perdóname,
¡dónde están mis modales! Es que cuando como tanto, me irrito,
―el ser, ahora transformado en un atractivo hombre, de pelo
castaño claro, ojos negro intenso y un cuerpo que ningún dios
podría tener, se acerca hasta ella, el olor se ha esfumado, ahora es
de un dulzón afrutado que casi marea―, soy lo que tu deseas, mi
Liz, he venido a hacerte el mejor regalo que jamás nadie podrá
hacerte, la inmortalidad.

― L.l.la… ¿inmortalidad? No es posible, eso…
― Pequeña Lizzy… Si ya no la deseas, la otra opción que me queda
para ti es honrarte a ser mi postre…
― Tu…
― Ven…
― ¿Cómo te lla…?
― Eso no es importante en este momento, pero llámame como a tu
amante si lo deseas…


Estaba estupefacta, aquel tipo era tan apuesto que ningún ser
hubiera podido aguantar las ganas de caer rendido a sus brazos,
hipnotizada, no podía pararme a pensar en la situación, algo bloqueaba
mi mente sin darme cuenta.


Volvíamos al banco donde había estado con Main, mi amante de
hacía quince minutos ya era historia en mi cabeza… Hasta que de camino
vi un trozo de él, un hueso roído que terminaba en su zapatilla, grité e
intenté huir, pero el apuesto psicópata me agarró, besándome con una
violencia que hizo que el mundo a mi alrededor se desvaneciera.


Nuestros labios se abrieron generosos al otro para que los húmedos
músculos de nuestras bocas se acariciaran con ímpetu, no era similar a
ninguna de mis experiencias anteriores, sus manos recorrían mi cuerpo
arrancándome la ropa allá por donde pasaban, flotaba en una espiral de
fulminante pasión, atontada y borracha de deseo me encontré desnuda en
mitad de la calle, pero nadie parecía vernos o pasar por allí, tal vez la
realidad fuera que yo no podía percibir nada más que lo que me sucedía
en ese momento.


Su boca se desligó de la mía dejándome rabiosa por ello, intenté
impedir que se separara, pero sus labios y su lengua recorrían mi cuello,
descendiendo peligrosamente, a él no le importaba mi desfallecimiento.


Sin previo aviso, sus dedos se deslizaron por mi interior acompañados de
un gemido ahogado de mi garganta. No había sentimientos, no había
ternura, solo una pasión desenfrenada que pedía apagarse de inmediato.


El vientre me dolía ambicioso por desencadenar de una vez el final,
pero él no tenía prisa, sentía descender su boca dejando que sus finos
dientes me arañaran a su paso, lamía mi clavícula, con una mano amasaba
mi carne apretando mientras, lo que necesitaba refrescarse era
humedecido con generosidad.


Como si mi mente estuviera abierta a él, la mano amasadora siguió
en ello, la otra buscaba y presionaba por mi interior una y otra vez puntos
ocultos para desfallecer.


Sutiles lametones y toques por mi tórax con algún pequeño
mordisco eran los culpables de mi turbamiento, estaba tan ida que no
podía más y de repente, sentí un enorme calor entre las piernas seguido
de un empuje intentando abrirse paso entre ellas, no le fue muy
complicado, el maestro se había cerciorado de que todas las barreras
estuvieran bajadas, fue un placer tan intenso que no me percaté hasta que
era tarde de lo que me estaba haciendo.


A estas alturas está claro a quien me refiero, pero no puedo ponerle
ningún nombre ya que él o ello me dijo que todos habían sido inventados
siendo meras historias de ficción.


No fue tan bonito como en las películas, no es una mordidita
libidinosa y listo, no sé como lo hizo, pero fue inmediato, el hambre me
devoraba, pero no quería beber sangre como era de esperar, quería comer
carne fresca, arrancársela a bocados a mi suplicante presa y él me ayudó
encantado.


Cazó sin escrúpulos ni remordimientos a dos jóvenes que jamás
regresarían a sus casas, al recordarlo todavía oigo sus terroríficos gritos,
como espectadora de un dantesco espectáculo privado, me observo
devorándolos antes de su último aliento, absorbiéndoles la vida en cada
mordisco.


Tras refugiarnos todo el día en mi piso, unas amables personas
(excesiva y extrañamente dispuestas), se ofrecieron a llevarnos, viajamos
hasta dónde su «gran familia» vivía.


Al llegar, una inmunda cueva nos recibió, de minúsculo y difícil
acceso, pero que al adentrarnos se abría enorme y grotesca.
Lo peor vino a los pocos segundos, mi vista seguía adaptándose a
la oscuridad del lugar cuando enfoqué a cientos de horripilantes seres, me
asusté, bastando su gélido aliento para reconfortarme de nuevo.

En las películas, los vampiros feos tenían el papel de lacayos o algo
así, pero… No aquí.


Al llegar, sentía una quemazón recorriéndome, me picaba mucho el
cuerpo, incrédula de mí, pensé que era algún tipo de bichejo que me estaba
importunando, cuando al rascarme me di cuenta de que mi piel se
desprendía podrida. Mis manos ahora eran huesudos nudillos acabados
en horripilantes puntas, mis pechos, ya no existían, mi trasero… No quedó
nada que sobresaliera, lo que más me impactó fue verme la nariz yacer en
la palma de mi mano.


Aquello era una pesadilla, intenté hablar con él, pero ya no era un
apuesto joven, volvía a ser el intimidante ser que se me había aparecido
hacía unas horas.

Le pedí explicaciones sobre mi aspecto, ¡debía ser hermosa! a lo que
me contestó que no lo sería para los humanos, pero sí lo era para ellos, lo
denominó: «cuestión de perspectivas».


Con todo, sin haber asumido el gran hoyo en el que me había
metido, pensando en volver a mi apartamento, e intentar revertir la
situación, lo peor estaba por llegar…


Mi mundo se hundió, asumí que mi existencia alcanzaba su fin
cuando me pidió que jamás saliera de allí ya que el sol, gracias al cambio
climático, había calentado mucho la tierra y podía «asarme» con solo
vislumbrar el exterior incluso de noche o en invierno, nos denominó como
«seres sensibles».


Fue una orden implícita y una condena a muerte para toda la
eternidad. Debía salir de allí como fuera, lo intenté con ahínco en muchas
ocasiones, todos, intentos frustrados por mis «hermanos» o por él.

Mi relato se acaba aquí, está saliendo el sol, hoy lo conseguiré, solo
deseo morir y terminar con este infierno. Espero tener el tiempo suficiente
para lanzar esta carta con la esperanza de que alguien la encuentre y
prevenir al mundo de estos seres, pero sobre todo de él.

Se despide Elizabeth Von Naste

FIN


Carta encontrada por un senderista en la cordillera de Los Apalaches. Nadie sabe que ha
sido de Elizabeth Von Naste ni de Main Seinfeld, ambos desaparecidos en octubre del año mil
novecientos ochenta y ocho, las investigaciones siguen abiertas a la espera de nuevas pistas. En
cuanto a los dos jóvenes que se mencionan, se desconocen sus identidades por ser una búsqueda
demasiado extensa sin posibilidad de contrastar ninguna información. (Anexo policial del informe
02224/88 de la policía de Montreal).

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Sobre mí

Desde muy temprana edad, esta conquense de “pura cepa”, ya hacía sus pinitos escribiendo pequeños poemas y algún artículo de periódico, siempre soñó con algo más grande mientras lo compaginaba alegremente con su otra pasión: recorrer el mundo con su mochila creando vivencias que no se pueden describir.

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