Despierta

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― ¡Hola cariño!

― Hola preciosa, tengo que decirte…
― ¡No vienes!

― No puedo, tengo que quedarme hasta tarde, el plazo…
― Siempre igual, no pasa nada, me pondré una peli, Tikki y yo nos
acurrucaremos sin ti en el sofá…

― De verdad, nada me apetecería más que estar con vosotras, dile a esa
bola peluda que prepare mi hueco para cuando vaya.
― Tranquilo, no lo hará ―Sofía ríe― hará el suyo y a mí me dejará la
parte del sillón que no quiera…

― Descansa, mañana nos vemos, te quiero.
― Termina de una vez con el proyecto y ven a mi casa, necesito un
abrazo, últimamente estoy un poco tontorrona…
― Mañana te daré mil…

Sofía cuelga el teléfono apenada, sin duda el viernes era un día para salir
con las amigas, pero ya se había hecho a la idea de un plan casero y no le apetecía
pasar por chapa y pintura, elegir modelito, quitarse el pijama de felpa y
concienciarse de beber, estaba decidido, esa noche sería para ella.

Pone una película absurda, le fascinan las de terror, pero estando sola en
casa no tiene muchas ganas de “cagarse encima”.

Llevaba un rato acomodada en el sillón con Tikki sobre su torso, aquella
gata cree fehacientemente que pesa lo mismo que cuando era bebé, pero ahora
son trece kilos y presiona el pecho de Sofía sin compasión.

― ¿Qué pasa pequeña? ―La gata se ha levantado de repente y clava las
patas con fuerza en el esternón de Sofía.

Con la cola apuntando tiesa hacia arriba y el pelo erizado, Tikki observa el
pasillo, de pronto salta al suelo echando a correr tan caóticamente que sus uñas
resbalan sobre la tarima costándole horrores salir de la estancia.

― ¡Tikki!
Sofía siente un escalofrío en su espalda, el estómago le indica que algo no
va bien, se gira con nerviosismo, mira hacia el pasillo, las sombras le juegan malas
pasadas en su visión, intenta focalizar sin éxito mientras alarga el brazo despacio,
casi llega al interruptor cuando ante ella se forman claramente dos puntos rojos
de luz.

Enciende las luces, respira tranquila, allí no hay nada, se avergüenza de su
estupidez, va a buscar a la gata, la llama pero no ve el más mínimo movimiento,

levanta la colcha para mirar bajo la cama, nada, echa un vistazo rápido y se vuelve
al salón pensando en que ya aparecerá, se vuelve a tumbar, pero está intranquila,
siente algo extraño como la presencia de otro ser, se ríe de ella misma por su
estupidez, aun así deja una luz tenue en el salón, sin atreverse a mirar las sombras
del pasillo, se recuesta sintiendo un extraño frío húmedo en el pelo.

Tras terminar la película, escribir a su novio y buscar a la gata sin éxito, va
a su habitación, se mete en la cama con tan mala suerte que nada más taparse y
sentirse segura bajo las protectoras mantas, tiene que orinar.

Sin pensárselo va al baño, rápido, sin mirar alrededor, ni intentar distinguir
lo que le rodea puesto que se lo sabe de memoria, vuelve casi corriendo a la
seguridad de su cama.

Pasan las horas, descansa plácida y profundamente cuando siente como
una fuerza eleva su torso del colchón, algo tira de su pijama por la pechera, lucha
contra ello, pero no puede, hace mucho frío, no está dentro de la cama, sino en el
borde con los pies paralelos al suelo, sigue forcejeando, al cabo de un momento
que le ha parecido eterno, despierta, se levanta de la cama con rapidez para ir al
baño y despejarse de la horrenda pesadilla, aquello ha sido de lo más raro, una
capa oscura le cubría el rostro, no tenía manos ni pies así que no sabe cómo la
elevaba, sentía una fuerza contra la que no podía luchar, no entendía qué quería
de ella, se extraña porque la gata sigue sin aparecer…

Decide volver a dormirse, al día siguiente se encargará de buscar a esa
cobarde…

― ¿Dónde estará?… ―Sofía busca a Tikki por la cama, pero la gata no
está.

― ¡TIKKI! ―Sofía se incorpora, está preocupada.
Se recuesta, hace mucho frío y no le apetece salir de debajo del edredón,
pero algo le dice que tiene que buscar a su compañera.

― ¿Tikki? cariño ¿dónde te has metido?

Un extraño olor metálico inunda el ambiente, se moja la planta de los pies,
nerviosa busca el interruptor a tientas, no funciona, tiene miedo, pero no está
paralizada, se convence de que solo son paranoias suyas, vuelve a la habitación a
por su móvil, palpa la mesilla de noche donde debería estar, cuando sus dedos
tocan la superficie lacada, una losa de cemento se le quita de encima, enciende la
linterna, apunta al suelo,

¡AHHHHHHH!

Sofía grita al ver que el líquido que moja sus pies es rojo, el miedo la
invade, toda esa sangre debe de ser de su gata. Se repite una y otra vez que es
un sueño, solo ha de volver a su cama, dormir y por la mañana todo estará
igual.

Retrocede intentando llegar a su habitación, alumbra el pasillo que nunca
se le había hecho tan largo, la sangre en él es abundante, sobre el líquido rojizo
oscuro ve pequeñas pisadas que inmediatamente reconoce como huellas de gato
que de repente dejan de ser nítidas pasando a ser una marca de arrastre, con
templanza, decide volver a la cama igualmente, tiene que despertarse.

Ya con la luz del sol alumbrando la casa, Sofía se despierta de un profundo
sueño, nada más abrir los ojos el temor la invade de nuevo, la pesadilla de anoche
era demasiado real, echa la culpa a la copiosa cena que se comió antes de dormir,
apuntándose la lección.

Busca por la cama, la gata no está, tiene fe en que esté comiendo o en
algún rincón de la casa acurrucada, apoya los pies en el suelo, una sensación de
alivio recorre sus venas al no sentir ningún líquido bajo sus pies, olfatea el
ambiente, “bien”, no huele a nada extraño.

Avanza por el pasillo, todo está muy tranquilo, Tikki es perezosa, pero
siempre busca los mimos mañaneros o alguna latita de carne…

Decide no ser paranoica, hace café, desayuna en la cocina mientras ojea
sus redes sociales, la noche ha sido extraña, pero no quiere darle más vueltas.

Todo está en orden, pero mientras lee las noticias, su ojo capta una mancha
rojiza en un rodapié, su estómago la oprime de golpe, “se habrá caído kétchup,
tranquila, no seas paranoica”.

Sigue mirando la pantalla de su teléfono como si no pasara nada, pero no
puede evitar mirar una y otra vez hacia la mancha.

― Está bien… ―Sofía deja su teléfono sobre la encimera, se agacha para
observar la mancha de su crispación más de cerca, está difuminada
como si alguien la hubiera limpiado― Vale Sofía, tranquilízate, una
ducha y te vas a dar una vuelta.

La gata sigue sin aparecer, necesita despejarse, se siente extraña, la cabeza
le da vueltas, va hacia el baño cuando…

― ¡MIKE!, ¿qué haces aquí y en el sofá?, me has dado un susto…
― Buenos días cariño, anoche estabas muy rara, al final vine y me
echaste de la cama así que dormí aquí… ¿estás bien?
― Eh, sí, ¿has visto a Tikki?
― Eh, sí, anoche ella sí me recibió…

― Voy a ducharme… ―Expresa Sofía extrañada por la situación, es
difícil que Mike no hiciera ruido y la despertara, nunca antes ha
dormido en el sillón ni para echarse una siesta, ese día todo es extraño
necesita salir cuanto antes.

― Ok

― ¿Ok? ―Sofía va hacia el baño con la incertidumbre rondándole la
cabeza, Mike normalmente es más dicharachero, puede que esté
dormido aún.

Se mete en la ducha, piensa en Mike, hay algo raro en su mirada, no es la
de siempre, metida en sus pensamientos con todo lleno de vapor siente que
alguien está allí con ella, llama a Mike, pero nadie responde, el olor metálico
invade de nuevo sus fosas nasales, mira el suelo del baño y ve como un hijo rojo
va hacia el sumidero del piso, por un momento piensa en que está otra vez
soñando, pero lo descarta, cierra el grifo, se envuelve con la toalla y ve a Mike,
sus ojos apuntan hacia ella, pero miran al vacío, un potente escalofrío recorre su
piel, gira la cabeza con disimulo para calcular la distancia a la puerta, tiene que
intentarlo, corre, con un rápido movimiento alcanza la puerta, él intenta
alcanzarla, pero ha conseguido abrir a la vez que ponía el pestillo del pomo

cerrando tras de sí.

El pomo se mueve con furia, oye fuertes golpes en la puerta, desesperada
coge una sudadera y un pantalón y corre hacia la entrada, está descalza y sus pies
están mojados de nuevo, solo hay un pequeño rastro de sangre, no sabe de dónde
viene, llega a la puerta y allí en un rincón ve a su pequeña Tikki, su precioso pelo
naranja está teñido de rojo mirándola sin vida, con el corazón encogido, la arropa
entre sus brazos, su cuerpo frío e inerte le grita lo que ha pasado, agarra el pomo
de la puerta para salir, pero es demasiado tarde…

FIN

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Sobre mí

Desde muy temprana edad, esta conquense de “pura cepa”, ya hacía sus pinitos escribiendo pequeños poemas y algún artículo de periódico, siempre soñó con algo más grande mientras lo compaginaba alegremente con su otra pasión: recorrer el mundo con su mochila creando vivencias que no se pueden describir.

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