Toc Toc

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― ¡Hasta luego!
― ¡Chao, nos vemos el próximo sábado!

Lucía cierra la puerta del portal tras de sí, mira hacia arriba, cada día está más convencida de que ha de mudarse a otro piso, da igual como sea, pero que tenga ascensor.

Aprieta el interruptor de la luz para ascender por la angosta escalera, una pequeña descarga hace que aparte la mano dolorida, “genial”, se observa, pero no ve rastro de quemadura, mira hacia arriba, le parece que los escalones son más altos, tal vez sean las cervezas que se ha tomado, pero la subida se le está haciendo eterna antes de empezar.

Por cada piso que sube, aprieta el interruptor, no quiere quedarse a oscuras ni loca, el edificio gruñe por las noches y a veces algún vecino le ha comentado que oye cosas extrañas y siente a alguien, pero que al mirar nunca ve a nadie.

“Vamos Luci, dos más”

Llega al tercer piso, su objetivo está cada vez más cerca, aprieta el interruptor y cuando va por mitad del siguiente tramo de escaleras, todo se queda a oscuras, mira hacia abajo, no ve absolutamente nada, tampoco la pequeña lucecita del pulsador de la luz “puede que esté estropeado, ¡qué bien!”. De repente, algo le roza la espalda, lo ha sentido, está segura, busca en el bolso con premura, el móvil se encuentra prisionero bajo una montaña de cosas, se para en el rellano, escucha un jadeo muy cerca de ella, recorriéndole un escalofrío la columna vertebral.

“Ajjjjjjj”

― ¿Hola, hay alguien?, ¡no tiene gracia!, estupendo después del día
que llevo, tengo al primo de Darth Vader haciendo el idiota…

“Ajjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjjj”

No encuentra el dichoso móvil, desiste, tiene miedo, ha sentido algo y sabe que está cerca, oye como exhala, echa a correr escaleras arriba, le faltan nueve escaleras, “¡joder, las llaves!”, piensa cuando estas resbalan entre sus dedos.

Sobre la alfombrilla busca las llaves a tientas, está muy nerviosa, sigue escuchando la siniestra respiración, intenta tranquilizarse, los fantasmas no existen, pero lo que está oyendo si existe y no sabe que es, solo que le separan apenas nueves escaleras, cree que está en el último rellano, palpa las llaves las agarra con premura, no ve nada, no encuentra la cerradura, a ciegas busca el ojo, “aquí está”, es tarde, la respiración está en su oído, no quiere abrir la puerta, no va a cometer el error de dejar pasar a su casa a quien sea que está acechándola, tiene la esperanza de que algún vecino la oiga así que empieza a gritar muy fuerte.

La está rozando, pero no siente manos, es como si el aire pudiera tocar, mientras el aliento se impregna en la oreja de Lucía jadeando,

― ¿Qqqué quiiieres ―pregunta con voz temblorosa mientras las lágrimas recorren en silencio sus mejillas.

Siente el extraño frío gutural que emana de alguna garganta, nada la toca, pero siente su presencia, está ahí, en un intento desesperado sabiendo que va a morir, grita, pero ella no ha ordenado a su garganta que lo hiciera, de hecho no sabe si podrá seguir respirando de forma involuntaria, tras su grito, un chillido agudo y aterrador retumba en sus tímpanos, vuelve la luz, está en shock, sigue gritando sin darse cuenta, las lágrimas bailan por sus mejillas hacia el abismo, las llaves, están dentro de su mano, metida la de la puerta. Tiembla tanto que el tintineo del choque contra su llavero de cascabel no cesa, está paralizada, quiere moverse, pero su cuerpo no responde.


La vecina de abajo sube cuchillo en mano a rescatarla, al verla coge las llaves de la puerta, agarra con fuerza a la chica y la lleva con ella a casa.

― Lucía, ¿estás bien?, ¡respóndeme!

Por la mañana, al despertar, Lucía se asusta, no sabe dónde está, ve aparecer a la señora María, porta una enorme bandeja humeante que le indica es para ella.

― ¿Qué hago aquí?
― Niña, ¿no te acuerdas?, pobrecita, ayer tuvieron que drogarte o
algo, gritabas como una loca, varios vecinos salimos y cuando te vimos estabas ida, te traje a casa y no hablabas ni nada, parecías una estatua, si no hubieras mejorado, habría llamado al médico…
― Eh, ¿drogas?, estuve en la biblioteca…
― Te echarían algo, pero estabas ida…
― Había algo…
― ¿Dónde?
― Algo, en la escalera, ―Lucía transforma su rostro en terror, grita y llora, la señora María la abraza para tranquilizarla, llamará a la policía en cuanto salga de la habitación, pero en el fondo sabe que los de uniforme nada podrán hacer contra la amenaza que se cierne sobre la joven…

FIN

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Sobre mí

Desde muy temprana edad, esta conquense de “pura cepa”, ya hacía sus pinitos escribiendo pequeños poemas y algún artículo de periódico, siempre soñó con algo más grande mientras lo compaginaba alegremente con su otra pasión: recorrer el mundo con su mochila creando vivencias que no se pueden describir.

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