May la lechera

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― Hola May, ¿qué nos traes hoy?
― ¡El pedido completo!, las vacas están rebosantes, ¡debe de ser el clima!

A Mayorie no le pasó inadvertida la tensa mirada del joven hijo de los
Hayden, sabía cuando se agachó para dejar los delicados tarros de leche recién
ordeñada que aquellos ojos habían divisado más de lo que era debido en la
época.

Era extraño, por una parte, le halagaba y le excitaba imaginarse a cada ser
disfrutando de sus atributos, no entendía por qué Dios la había creado con unas
curvas tan beligerantes si aquello que deseaba hacer con ellas haría que fuera
castigada por Él.

Un castigo divino que la ponía a prueba con frecuencia, hubo momentos en
que su pecadora carne sucumbió a los placeres prohibidos, recordaba dos tardes
antes cuando el hijo del cabrero cayó seducido ante sus encantos naturales, era
una cochina e iría al infierno, se castigaba por las noches una y otra vez con sus
dedos hasta caer dormida mientras las lágrimas se agolpaban mezcladas con su

sudor, ¿cómo algo tan celestial la había llevado directamente a las puertas del
infierno?

Temía por los rumores, la gente en su aldea era malvada, huérfana desde
que podía hablar, había salido adelante gracias al duro trabajo y al sufrimiento
diario. Menos mal que su tía, una bendita, siempre había cuidado de ella, ahora
muy mayor Mayorie la cuidaba con dulzura y esmero, no salía de casa y eso era
un alivio ya que las habladurías sobre su castidad eran cada vez más frecuentes
entre los grupos de tertulianos.

Aquella tarde, el hijo mayor de los Hayden, Josh, fue a por leche, sus
padres necesitaban un extra para hacer la hornada de pasteles para la festividad
de la comarca.

Ordeñaba tranquila, sentada a horcajadas sobre una incómoda banqueta
sacaba la leche a la que sería la última vaca de su jornada.

No oyó al chico acercarse, cuando se percató de su presencia era tarde,
Josh ya le rozaba su cuello con sus gruesos labios que recorrían la fina piel
derritiéndola a su paso. Sus manos se posaron con ansia bajo sus grandes
pechos meciéndolos, sucumbió, no le hacía falta volverse para ver al dueño de
aquellas caricias, sabía con certeza que eran de su mejor amante.

La castigaba mordisqueándole la nuca por detrás, apartó la fina camisa de
tela hacia un lado dejando el fino hombro al descubierto, aquella boca no se
empachaba, recorría su piel mientras sutilmente la tela resbalaba, May sentía su
dura punta sujetar lo que le quedaba de decencia impidiendo que el ropaje
cayera arrugado sobre su ombligo, le dolía, estaba tan excitada que necesitaba
de aquella boca y su frescor, anhelaba el momento en que culminara con su
postre, las manos de Josh jugaban por otro lado, ella pensó que subirían a
acariciar lo que sujetaban, pero solo una quedó amasando aquella redondez,
apartando la tela con delicadeza del saliente que la sujetaba, rozando
deliciosamente su carne, algo por lo que su Dios la castigaría; mientras, las
callosidades palmares de su amante avanzaban para acabar jugueteando bajo
su enagua…

Con habilidad, el muchacho, había alcanzado aquello por lo que en sus
solitarias noches lloraba, sentía algo diferente, un placer que quería explotar,
pero al igual que la mecha de la dinamita ha de consumirse, las paredes de May
tenían que cerrarse más, se sentía mareada, la sangre se concentraba alrededor
de los dedos de Josh, no sabía cuántos había dentro y cuál era el que jugaba
fuera, pero si su boca llegaba al destino que ella le ofrecía, explotaría.

Abrió los ojos en una fina línea y ahí estaba él, a punto de succionar su
dura punta que palpitaba de ansia,

― Por favor…
Con un movimiento experto, profundizó dentro de ella a la vez que la
traviesa lengua mojaba y aquellos labios apretaban, el caliente líquido salió
disparado escurriéndose por los grandes dedos de su amante, la cabeza dejó de
flagelarla, él sabía que era el momento, la agarró por la cintura, la irguió
girándola, apoyándole las palmas de las manos en la pequeña silla.
Rodeándola con su brazo por la cintura, la ayudaba a sostenerse, las
piernas le flaqueaban. Apoyando el forjado torso contra su espalda, la dura y
caliente punta intentaba abrirse hueco para entrar en ella, rebosaba fluido, pero
no pudo al primer intento, la excitación cerraba su abertura, May esperaba que
se ayudara de sus grandes dedos para facilitar el paso, pero sin aviso ni tanteos
entró, la fuerza del enviste era casi maníaca, sus costillas se clavaban en el
portentoso antebrazo. Mientras, los gemidos de ella se ahogaban en los de él
que no paraba, sus dedos aferraban con fuerza la prieta carne de la lechera que
pedía más a sabiendas que aquel tronco hinchado que sentía no tardaría en
explotar, podía sentir la incesante palpitación que le suplicaba que lo dejara ir.
Josh sudaba mientras May pensaba que aquel hombre no se cansaba nunca.
Presa de la excitación, cuando la mecha de ella casi volvía a terminarse para
quemarla en su interior, él aceleró el ritmo haciendo que los dos murieran de
placer ante la mirada inquieta de las vacas.

FIN

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Sobre mí

Desde muy temprana edad, esta conquense de “pura cepa”, ya hacía sus pinitos escribiendo pequeños poemas y algún artículo de periódico, siempre soñó con algo más grande mientras lo compaginaba alegremente con su otra pasión: recorrer el mundo con su mochila creando vivencias que no se pueden describir.

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