Toca, sigo aquí

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¡POM POM POM!

– ¡Policía, abra la puerta o la echamos abajo!
– No se oye nada…

¡PAM PAM PAM!

La última embestida, efectivamente, echa la puerta abajo derribándola
cayendo a plomo contra el suelo, arranando completamente el cerco,
sorprendiendo a los dos policías que portan el ariete. Apresurados, tras ellos
entran en tropel una decena de agentes inundando la estancia que hace las
veces de recibidor y salón.

– Lili cariño, ¿gué guido es ese? —Pregunta una voz gutural que se eleva
con timidez arrastrando las sílabas.
– Tranquila mamá —Lili observa atónita lo que le parecen cientos de
policías—. Eh, ¿puedo ayudarles? —Se siente estúpida por la pregunta,

pero observa durante unos tensos segundos que entre ellos murmuran,
soltando algún improperio subido de tono.

Tras unos minutos de súbita ignorancia observa el discreto, pero reiterado
cruce de miradas, la relajación de sus musculaturas, tensadas al extremo hacía
tan solo unos minutos, el enfundado de sus armas a la vez que van adoptando
una posición neutral en cuanto a ella.

Uno de los agentes de pelo color carbón adornado por un sutil toque
veteado platino y congraciado de unos penetrantes iris glaciar ártico se le acerca.
El instinto de protección hace que sus pies retrocedan hasta chocar contra el
respaldo del sillón, en el que su madre ronca como un oso siberiano,
irónicamente haciendo que, por encima del miedo sienta vergüenza ajena.

Con una voz grave, pero extrañamente reconfortante y apaciguadora, se
dirige a ella sin dilación:

– Señora, le pido disculpas, ha sido un error. Tengan buena noche…
– Lllliiili, ¿dónde estás?
– Pe… perdonen —responde a la vez que el calor va apoderándose de sus
entrañas—, tiene un problemilla, ella lo está intentando…

– No es de nuestra incumbencia, debería llevarla a algún centro donde
puedan ayudarla —espeta el policía al que los glaciares se le han teñido
de compasión—. En cuanto a lo de la puerta…
– Tranquilo, sé lo que hay que hacer, a una amiga de una amiga le pasó algo
parecido —responde convencida.
– En ese caso, que tenga una buena noche señora.
– Gracias.

Dicho esto, como si de un desfile militar se tratara, salen en fila sin volver
la vista hacia atrás, cabizbajos y en silencio.

¡POM POM POM!

Las líneas digitales del reloj que descansa tranquilo sobre su mesilla de
noche brillan efusivas marcando las nueve y media de la mañana, “¿quién será
a estas horas?”

– Hola, perdona que te moleste, no sé si te acordarás de mí, estaba aquí…
Mi nombre es Mónica —expresa con timidez una muchacha joven
apoyando las yemas de los dedos en el reventado marco de la puerta.

– Eh, sí, creo…, ¿qué necesitas Mónica?, entiendo que eres de los polis de
ayer ¿no?, si eres tan amable, me gustaría ver tu identificación.
– Verás… no tengo placa, estoy en prácticas, pero no he venido como
policía, he venido a ayudarte, ¿te importa qué hablemos dentro?
– La verdad…
– Lili, ¡TE DIJE QUE AQUÍ NO! —Grita su madre, tambaleándose en el
rellano.

Sin esperar el permiso de Lili para adentrarse en el piso, Mónica se
apresura sosteniendo con ternura a la embriaga señora, con delicadeza le
explica que es amiga de su hija, mientras la acompaña hasta el enorme sofá, la
recuesta y tapa con una fina manta.

Con la botella que ha conseguido arrancarle a la madre, va hasta la cocina
bajo la atónita mirada de Lili, tira el contenido al fregadero y el vidrio al cubo de
la basura, sorprendiéndose de la pulcritud del mismo como si nunca hubiese sido
usado.” La casa es un cuchitril viejo y desastroso y lo que más sucio debería
estar, ¿es nuevo?”. Piensa Mónica anonadada.

Tras esto, Lili la sigue con mirada escrutadora, espera con los brazos
cruzados la explicación de por qué esa mujer ha invadido su intimidad de manera
tan brusca.

– Puedo ayudarte, mi madre padeció alcoholismo desde que tengo uso de
razón, hay un lugar…
– Lili le corta la frase—. No, está en ello, he mirado algunos de esos sitios y
son espantosos, no llevaré a mi madre allí…
– No son ni las diez de la mañana y la has visto, ¿crees qué puedes tu sola?
– He dicho que no y ahora ¡sal de mi casa y no vuelvas!

Ante la exasperada reacción de Lili, avanza cabizbaja hacia la entrada,
aquella casa desprende algo extraño, casi siniestro, todo está abandonado,
polvoriento, como en desuso, salvo un piano de pared lleno de brillo que rezuma
energía, un magnetismo atrayente que no se le ha pasado por alto y el maldito
cubo de la basura…

– Tal vez… ¿si la apuntaras a clases de piano?, la música es una gran
terapia —expresa Mónica ilusionada mientras su mano atraída como la de
cualquier mortal roza una tecla.
– ¡NOOOOO! —grita Lili con los ojos desorbitados, haciendo que Mónica
aparte el dedo como si emanara fuego—. ¡VETE DE MI CASA, AHORA!

De camino a la Comisaría, decide investigar la vida de madre e hija, le
inquieta su forma de comportarse, sobre todo la extraña relación que hay entre
ellas, no quiere sacar conclusiones precipitadas, pero pudiera ser un claro caso
de maltrato ya que la sumisión de la madre es demasiado extrema, mientras que
la hija parece controlar hasta el mínimo detalle de cada paso que da. No las ha

visto relacionarse directamente, es como si a veces la madre no supiera que Lili
está allí.

Sentada en el escritorio frente al ordenador, empieza la búsqueda, sabe
que no debe hacerlo, está actuando a espaldas de sus jefes y no es policía aún,
le es inevitable, su intuición vocifera que algo no huele bien, a la vez que su
conciencia intenta sobreponerse rogándole que cese en su intento de arruinar
su futuro, “vale Mónica, si a la primera no encuentras nada raro, lo dejas”.

“A ver… que tenemos aquí, propietaria del piso: Claudia Thomson
Sánchez, nacida en Berlín, año mil novecientos sesenta. Mmmm, padre alemán
y madre española, buena mezcla…”

Su plan es infalible, si algún jefe pregunta, solo tiene que contestar que está
ojeando algo para su trabajo fin de estudios, espera que nadie la aceche más de
la cuenta o se morirá de vergüenza por cotilla.

Las horas pasan investigando la gran vida de Claudia, había sido una de
las mejores concertistas del mundo hasta que un día sin más, desapareció de la
escena social junto a su hija de trece años.

Tras una noche llena de atormentadoras elucubraciones y en un callejón
sin salida, decide dar luz al asunto yendo al archivo histórico, ya que es su día
libre, nadie la molestará, tiene la mente tan embotada que no se le ocurre nada
dentro de la lógica que pueda iluminar o al menos responder de forma parcial
sus preguntas acerca de las dos extrañas mujeres del piso.

Para el archivo, solo se necesitan unos pulmones frescos y mucha
paciencia (cree que ambos requisitos aún los cumple a esas horas).

Se decanta por comenzar tragando un poco de polvo de la sección de
música, conocía aquello como la palma de su mano desde que decidió estudiar
“Historia musical”, lo único que lamentaba es que eso no le dejó mucho tiempo
para aprender a tocar ningún instrumento.

Investigando entre montañas de libros, buceaba a través de todas las
ilustraciones y descripciones que existían sobre pianos parecidos al que aquellas
dos tenían en el salón, por la forma y los elementos calculó unos doscientos
años, pero no tenía sentido, estaba en tan perfecto estado que aun restaurándolo
era imposible que permaneciera exacto al original.

El hambre hacía mella provocando que se dispersara de su cometido, su
cerebro se plantó, decantándose en elegir el cerdo agridulce de la carta del chino

de la esquina alimentando con algo de grasa a sus arterias si quería seguir
estrujándolo.

Ya asumía que la búsqueda había sido en balde, cuando de repente ante
sus narices, apareció, una mugrienta hoja le mostraba la ilustración reveladora
que necesitaba…

Allí estaba, sabía que había oído hablar de él, las fotos no eran de una
calidad que abrumara los sentidos, pero distinguía perfectamente aquel
instrumento. Aquella hermosura dibujada con precisión y dulzura era
encabezada por una leyenda que erizaba el vello, en castellano antiguo cuya
traducción se plasmaba en un epígrafe lateral:

“Energía concentrada en una dimensión encerrada es. Siendo
su fin, liberarse al mundo con mesura, la puerta del vivo no ha de
abrirse a la materia, pues algunas con paciencia esperan su turno
para volver y ser engendradas, otras deberán permanecer hasta
extinguirse por el bien del Universo”.

La atención volvió a focalizarse en su cometido, el hambre dio paso al
desconcierto haciendo caso omiso del rugir de su estómago y olvidando el cerdo,
no lograba explicar el sentido de la advertencia, intentó leerla en castellano
antiguo entendiendo menos, “seguro que al transcribir ha habido algún error”.
La explicación continuaba, manuscrita de forma irregular y letra temblorosa
lo único claro era que el antiguo dueño carecía de vista.

Advertencias de peligro, “partituras escondidas para abrir puertas, la
destrucción como única medida…” Frases inconexas sin sentido para forjar una
leyenda alrededor de aquel precioso piano, no hacía alusión a Claudia ni a
ninguna otra persona o hecho, algo fallaba pudiendo achacarlo a la dejadez de
un traductor, transcriptor o ambos nefastos.

“Espera un momento… Aquí hay algo”, Mónica observa que bajo todas las
carpetas hay una fotografía hecha con una cámara Polaroid, intenta sacarla, pero
parece que se ha quedado pegada al legajo bajo todos los cantos de los
archivadores.

“Un sistema maravilloso, coser las carpetas al enorme legajo este…”

Mira a su alrededor, está dispuesta a hacer algo por la que podrían
detenerla y truncar su carrera para siempre, aún con ello, su conciencia vuelve
a ser aplastada por su curiosidad.

Extrae de su Smartphone el protector de cristal templado para la pantalla,
recuerda como una vez el móvil se le cayó al suelo y al romperse el protector le
hizo un corte profundo en la yema del dedo, si podía cortar piel y carne, aquellas
podridas cuerdas no tendrían que suponerle un problema.

Con paciencia y como si de James Bond se tratara, cortó una a una con
sigilo y eficacia. Miraba a su alrededor rezando temblorosa para que el vigilante
no tuviera la idea de aparecer por allí en ese momento y dado las horas que
eran, de seguro tendría el gusto de verlo en breve.

Casi se cae de la silla cuando la última cuerda se partió en dos dejando ver
la fotografía en todo su esplendor, no entendía que podía significar, era Claudia
junto al piano, pero el instrumento que acariciaba con mimo en la foto estaba
destrozado, roído, sin brillo y con la mayoría de teclas arrancadas, posaba
sonriente como si de una reliquia se tratase, pero lo más impactante era que la
foto tenía como fondo “La Torre Eiffel” de París y en el pie de foto escrito a mano
la fecha de “12 May 1985”. Un clip enganchado ahogaba el papel, dedujo que tal
vez la carpeta a la que pertenecía había sido sustraída, todo era antiguo y
mohoso, pero la imagen rebosaba color y vida, le hizo una foto con su móvil,
dejándola pegada donde estaba para preservarla.

Con la cabeza a punto de explotar fue a casa, se dio una larga ducha, abrió
una cerveza y se tumbó en el sillón. “¿Por qué no?”, metió el nombre de Claudia
Thompson en Facebook por aburrimiento, le salieron unas cuantas, su sorpresa
es que allí entre todas, estaba ella, su concertista desaparecida.
Entró en su perfil, fotos de conciertos, lugares del mundo en los que había
estado y…

– ¡Dios!, no es posible…

Su corazón clamó para que no volviera a darle un susto como aquel, Mónica
tenía delante a una Claudia risueña, feliz, desbordante de salud y… con una niña
de la mano que posaba ante la cámara, una preciosa muñequita que de no haber
sido porque no se parecía en nada a la mujer llamada Lili que había conocido en
la casa, todo hubiera sido normal, aquella niña tenía unos grandísimos ojos
azules, el cabello largo del color de las espigas de trigo maduras en verano y
una mancha con forma de fresa en el tobillo. Demasiadas coincidencias para
equivocarse, ¿quién era Lili? y lo más importante, ¿dónde estaba aquella niña?

Por los comentarios de las imágenes, dedujo que la fotografía fue hecha en
Occitane, al sur de la campiña francesa, alrededor del mil novecientos noventa.
Claudia era muy bella, había conciertos, personas, paisajes de lugares increíbles
y en todos salía sonriente y rodeada de gente que parecía la adoraba.

Las fotos con la pequeña comenzaban en julio del año mil novecientos
ochenta y cinco: “En el hospital, ninguna melodía me había transmitido la
emoción que siento al oír el sonido de mi hijita”. Al ver las fotografías y los
comentarios de la protagonista de la cuenta, se deducía que su vida era plena y
llena de felicidad.

Tenía cientos de fotos, de su hija, de cómo iba creciendo, sus novios,
amigos, familia etc. En ninguna parecía la Claudia que Mónica había acostado
en el sillón y Lili…ella sí que no se parecía en nada a la pequeña que había en
las fotos. Pero lo que la petrificó, fueron las últimas fotografías de Claudia con
su hija, corroboró que no era Lili, esa preadolescente y Lili se asemejaban en
algunos rasgos, pero no era ella, se preguntó si Claudia habría tenido otra hija,
lo descartó al momento, no era posible, las fechas coincidían, Lili ahora tendría
unos veinte años y no era la misma, ¿qué había pasado en la vida de esa mujer
y qué habían hecho con su hija?

La noche fue larga para Mónica, Morfeo logró atraparla un pequeño espacio
de tiempo para recuperarse levemente del impacto. Ya levantada con las nuevas
luces del alba, tenía que pensar, pero no se le ocurría nada, ¿debía contar sus
descubrimientos?

Con el café humeante en la mano y un buen chute de cafeína que despertó
de golpe sus neuronas, su mente vomitaba una sucesión imparable de

imágenes: sus jefes alabándola por su perspicacia, el mérito de una investigación
que resultaba ser el desenmascare de unas asesinas sin conciencia, sus
carnosos labios ante un micrófono declarando que todo fue fruto de la
casualidad…

Pero la que prevaleció, imponiéndose dictatorial, fue la de sus superiores
enfurecidos por saltarse las normas cegados por la razón y su vida truncada, el
rímel corrido despachando café en un bar con la barra de metal, oliendo el
asqueroso sudor de su jefe, aguantando los mismos salidos día tras día, igual
que hacía antes de aprobar. Aun así, decidió seguir un poco más por su cuenta
a ver dónde le llevaba todo aquello, una vez más en su vida, la razón era
aniquilada.

Se propuso investigar más a fondo, si descubría algo trascendental se
prometió comunicárselo al menos, a uno de sus jefes (con el que más confianza
tenía por tratarla casi como a una hija), si no descubría nada, todo quedaría en
un entrenamiento personal para su futuro.

Esperó a que Lili saliera de casa, le sorprendió que la puerta siguiera rota,
cualquier persona en su sano juicio, temerosa, al menos hubiera puesto la puerta
apoyada contra el cerco, Lili no.

Asegurándose de que Claudia dormía profundamente, paseaba con
cautela por el piso, observó el piano, no tenía sentido en aquel escenario, era
como una rosa llena de vida rebosante de color en mitad de un desierto, se
resistió a acercarse, no entendía por qué le atraía como un pasional amante lleno
de ardor y a la vez le producía escalofríos.

No encontró nada y eso era lo extraño, no había ni productos de limpieza
ni de aseo personal de Lili, era un fantasma, tampoco había una sola foto en toda
la casa, todo estaba… Muerto, pero perfecto.

Los minutos pasaban con rapidez en su contra, tenía que salir de allí o
podría encontrarse con un grave problema si Lili o quien fuera aquella chica la
descubría.

Apesadumbrada se dirigía con rapidez hacia la puerta, Claudia la
sorprendió, no estaba en su cuarto, sino que se había tumbado en el sillón donde
siempre reposaba, tal vez le gustaba rememorar lo que había sido en otra vida
estando cerca de aquel instrumento, era extraño, parecía que el piano se
acercaba cada vez más al sofá en su ayuda.

Se obligó a no apartar la vista de aquella maraña de pelo, llevaba un
camisón obsoleto para la época en que vivían, se asustó, Claudia la miraba
fijamente, sus ojos estaban idos, Mónica no recordaba que su madre hubiera

tenido esos síntomas, pero cada persona era diferente. Se agachó, acuclillada
apoyó la palma de la mano en la pared del piano y le besó la frente, estaba
helada, cuando se disponía a erguirse, con un rápido movimiento, Claudia le
agarró la muñeca, una corriente eléctrica le recorrió el brazo atravesándole el
esternón huyendo fugaz a través de su piel adentrándose en el interior de la
receptiva madera que la absorbió sin resentirse.

Sus músculos no respondían, los sentía vibrar, se evadió del apartamento,
no sabía dónde estaba ni que era aquello, pero parecía real, vio a la niña de las
fotos, estaba en un lugar extraño, no había crecido, creyó que tal vez estaba
soñando, eso era lógico, todo había sido un sueño, tenía miedo, una energía la
presionaba hacia el suelo caminando con dificultad, las rodillas se le aplastaban
contra los tobillos mientras, la niña parecía flotar e iba hacia ella.

– Ayúdanos, busca en el interior del piano, todo está allí…
– No te entiendo, ¿eres Lili?
– En el interior del piano…

La misma energía que había sentido salir por su mano, retornó de forma
brusca devolviéndola a la realidad cayendo de culo contra el suelo.

Claudia ya no estaba en el sillón, fue corriendo a buscarla, tumbada sobre
su lecho dormía plácidamente, el piano estaba cerca del sofá, pero ni por asomo

tan cerca como antes, tendría que ir al médico con urgencia: tenía alucinaciones
o narcolepsia.

Salía del piso cuando por curiosidad o algo que pudiera llamarse
corazonada, la hizo volver sobre sus pasos y abrió la tapa del piano, su sorpresa
fue que dentro había una carpeta amarilla igual a las que proporcionaban en el
archivo, la cogió y justo iba a abrirla cuando oyó un ruido así que decidió
llevársela para ojearla después, nadie la había visto, por ende, nadie podía
acusarla de robar.

Lo que no sabía es que Lili había llegado a la casa y al verla se había
escondido, viéndola huir con la carpeta cual cuervo con un trozo de carne
robado.

El día estaba tranquilo en el trabajo y Mónica disponía de tiempo suficiente
para ver lo que se ocultaba entre esos finos cartones amarillos, se encerró en
uno de los despachos que había libres.

El archivador estaba repleto de facturas de compras, ordenadas
cronológicamente por fechas, desde el año mil novecientos setenta y nueve,
donde Claudia tendría unos diecinueve años, (ahí comenzaba su exitosa carrera
y el despliegue de su talento por el viejo continente), hasta el mil novecientos
noventa y siete.

La rojez de sus ojos le indicó que suplicaban a Mónica una tregua, algo
que no pensaba darles hasta hallar lo que le iluminara el enrevesado caso que
se le presentaba. Por suerte, allí estaba, la “factura de piano” que ansiaba
encontrar, escrita a mano y con una referencia extraña, el epígrafe databa del
año de nacimiento de su hija y grapada a ella una factura de portes: “Berlín –
Madrid”.

Sentía como la sangre le bullía a punto de evaporársele del cuerpo, pero
no dejó que la emoción le nublase la vista, siguió buscando y pegado a la tapa
de la carpeta, una hoja donde explicaba brevemente la historia del piano y su
negra leyenda:

“Una puerta que no ha de abrirse, una melodía albergada entre sus
martillos que jamás ha de sonar, la destrucción se avecina si te atreves a tocar”

Bajo la frase de advertencia que parecía haber sido sacada de una
película de terror, Claudia había anotado que el instrumento en cuestión había
pertenecido a un vidente del rey Guillermo I de Alemania, pero nunca se había
podido probar, ya que desapareció cuando la gente lo empezó a señalar por sus
peligrosos juegos con las artes oscuras.

Pasó por muchos lugares, decían que estaba maldito e intentaron
destruirlo, pero después de investigar descubrió que fue su último dueño al
enloquecer el que casi lo consigue, extrañamente murió mientras lo intentaba.

Mónica pasa las imágenes del proceso de restauración, casi trece años
pasaron entre la primera y la última, la crianza, los conciertos, eventos etc. Madre
e hija aparecían en numerosas fotos sonrientes, corroborando una vez más que
la chica que había en el piso diciendo ser Lili, no lo era.

Es tarde, todos se han ido a casa, el estómago le duele del bombazo de
información que ha engullido, pero ha de ser paciente. Recoge sus cosas, guarda
la carpeta en su cajón y va hacia la calle, pedalea en su vieja bici con tranquilidad
analizando todas las pistas y pruebas, hace conjeturas de lo sucedido y, sobre
todo, quien es la chica que dice ser Lili, “es tan extraño…” piensa.

¡CRUSH!

– “Mónica, dentro del piano, mira dentro del piano, ayúdala, ayúdame, tiene
que tocar la melodía…”
– Lili, ¿eres tú?
– ¡Doctor, se ha despertado!

Los médicos le explican que alguien la embistió y la dejó tirada en la
carretera, todos la daban por muerta, pero cuando creían que no había nada que
hacer, respondió de forma abrupta a todos los estímulos, inducida al coma,
esperaban ya a su familia para que se despidieran y ahora se ponía los
calcetines como si nada hubiera pasado, llamó a su madre, le explicó que había
sido un mal entendido y que la vería el fin de semana en contra de la voluntad
maternal, ya habría tiempo de explicaciones más adelante.

Esperó a que la falsa Lili saliera de su casa, su suerte la acompañaba,
seguían sin molestarse en arreglar los destrozos de la puerta. Sustituyó todas
las bebidas alcohólicas que había en la casa (se había fijado que todo eran
bebidas blancas), por agua (en realidad no solo era agua, sino agua bendita,
Mónica, en contra de su agnosticismo había ido a una iglesia cercana y pedido
que bendijeran el líquido por si acaso) y esperó.

Sabía que su accidente no había sido una casualidad, pero quien lo
provocó no estaba al corriente de que se había salvado, sabía los horarios de
Lili así que, al día siguiente volvió a su punto de vigilancia a esperar a que se
fuera de casa, subió con rapidez, Claudia bebía de una botella, por suerte no se
había percatado de que era agua con sabor agridulce (aparte de bendecirla,
también le echó salsa china para simular algún sabor, además de que no tenía
otra cosa a mano).


Cuando entró, Claudia la miró fijamente,

– Pasa, te estaba esperando, Lili me dijo anoche que vendrías a salvarnos…
– ¿Cómo… Lili, ¿quién es…?
– Creo que tienes mis notas, lo he visto, ella está al acecho, sabe que estás
muy cerca, tenemos que darnos prisa, la melodía está en…
– ¡MAMÁ! ¿DÓNDE ESTÁS?, te traigo vodka maldita zorra… – Esto último
lo murmura para sí misma.
– Corre ―Claudia insta a Mónica a esconderse en una habitación, Mónica
ve un precioso jarrón, lo coge y espera el momento de usarlo contra la
cabeza de la chica. Las oye conversar en el salón, Claudia habla como si
fuera ebria, Lili la insulta y se ríe de ella. Está enfrascada en hablarle a
Claudia muy de cerca sujetándole la mandíbula, le explica con regocijo que
nadie va a salvarles ni a su hija ni a ella y que la poli está muerta.

¡CRASH!

La falsa Lili yace en el suelo, Claudia levanta la vista y ve a Mónica
temblando, la adrenalina recorre todo el sistema de la futura agente, con la mente
fría, saca unas bridas del bolso, aferrándole muñecas y tobillos inmovilizándola.

– A la de tres, abrimos la tapa, es pesada, pero necesito la partitura que hay
dentro -. Ordena Claudia con decisión.

Entre las dos abren la tapa superior del piano, Mónica se embriaga por la
enorme energía que siente, una sensación nunca antes percibida, le cosquillean
las yemas de los dedos, es como si una corriente le penetrara por las uñas
recorriendo todo su sistema dando vueltas como las agujas de un reloj, se siente
más viva que nunca. Claudia mete el brazo y extrae como si de un cirujano
experto se tratara, una preciosa hoja color hueso, escrita en lo que se asemeja
a un pergamino con bordes dorados.

Ambas miran a Lili que gime y se retuerce, saben que se despertará en
unos segundos.

– Recuerda, cuando empiece a tocar, ella no podrá acercarse a mí, las
energías no pueden tocar la puerta, quedan paralizadas hasta que esta las
absorbe para preservarlas o consume para extinguirlas, ten cuidado, en el
momento en que se abra el portal para el cambio, si algo vivo entra en
contacto con él, la energía en vez de irse al “paralelo”, puede aferrarse al
sistema viviente, un pequeño mosquito podría truncarlo todo, pero no sería
peligroso para el mundo, si entrara en alguna de nosotras, todo habrá sido
en vano, ¿preparada?
– ¿Cómo sabes…?
– Yo también sueño con mi hija, sé que tú viniste porque ella te lo dijo, a mí
me ha enseñado a lo largo de estos años como tenía que hacerlo,

preparándome para tu llegada y mandar a lo que me la robó al lugar de
donde vino… ¡Sujétala!

Claudia empieza a tocar, es una melodía tan dulce que parece imposible el
pavor que le despierta en la mirada a la falsa Lili que se retuerce en el suelo,
maldice el débil cuerpo humano, un simple golpe ha bastado para aturdirla
confundiéndola, está inmovilizada viendo el inevitable final de su camino en el
mundo corpóreo.

Claudia no cesa en su intento de terminar la melodía de apertura para
atraparla de nuevo, oyen a la verdadera Lili clamar a viva voz llamando a su
madre, la sienten, pero hasta que la última nota no se extinga, el proceso no
terminará,

– Estúpidas… la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma y
volveré para haceros daño, nunca estaréis a salvo…

Mónica la sujeta con fuerza, conforme el portal se va abriendo, la energía
aumenta de intensidad, tanta que su corazón y el de Claudia vibran con cada
tecla que esta hunde bajo sus dedos.

Falta el último compás, una luz cegadora va formándose hasta que,
acompañando el final de melodía, se crea una onda expansiva lanzando como

si de una pluma se tratase a Mónica contra el lateral del piano, Claudia sale
despedida hacia atrás al silenciarse el sonido de la última corchea.

– Mónica, ¿hola, estás bien? ―Una Lili de ojos color zafiro la mira con
ternura mientras le sujeta sobre su regazo la cabeza.
– ¿Lili? ―Responde Mónica con la voz entrecortada.
– Tranquila, se acabó, creí que habías tocado el piano mientras la puerta
estaba abierta, ha estado cerca amiga…
– Claro Lili… – Mónica se fija en la sangre que ha dejado impregnada en la
parte baja de la madera.
– Gracias, ¡no sé qué hubiéramos hecho sin ti! – Lili la abraza con fuerza,
uniéndose una débil Claudia al abrazo.
– Tranquilas, muy pronto lo sabréis…

FIN

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Sobre mí

Desde muy temprana edad, esta conquense de “pura cepa”, ya hacía sus pinitos escribiendo pequeños poemas y algún artículo de periódico, siempre soñó con algo más grande mientras lo compaginaba alegremente con su otra pasión: recorrer el mundo con su mochila creando vivencias que no se pueden describir.

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