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Detrás de la Máscara Vol. 1

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Detrás de la Máscara Vol. 2

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Reseñas en Amazon sobre mis novelas

Detrás de la máscara Vol. I

Prólogo

—¡Caaaaa! —Sahanna grita, desgañitándose, a la vez que
agita los brazos por encima de su cabeza.

—¡Cusom!, a la octava carrate y una vez allí, gire, iré indi-
cándole…

—¡Cusom! Tranquila, sé dónde vas, he oído hablar de
ti. —El hombre mira por el retrovisor buscando la mirada
cómplice de su nueva pasajera, mientras una media sonrisa
se perfila en su rostro.
—Ehhh… ¿CÓMO? —Sahanna eleva el tono de voz.
—¡No, no temas! —Separa una mano del volante haciendo
aspavientos—, lo he dicho porque hace un tiempo que llegué
a Trojo, ¡y poco a poco os voy conociendo a todos!
—¡Mi nombre es Sunmen, encantado!, espero que este

trasto no me dé ningún problema, es tan antiguo…, una pre-
gunta, niñita.

—¿Cómo?, «Odio que me llamen niñita, ¿quién se ha creí-
do?»— El rostro de Sahanna se torna rojo por la ira conteni-

da—. Perdone, ehh… Sunmen, no me gu… —Sahanna inten-
ta hablar, pero Sunmen le corta la frase.

—¿Por qué quieres ir a ese lugar? —Sunmen lanza miradas
furtivas a través del espejo retrovisor, intentando establecer
contacto visual—. Sabes, está lleno de «raritos»…
—Ehhh, si me…, tengo…
—Ains, niñita, cómo ha cambiado todo…
—Ehhh, si no le imp…
—Soy demasiado mayor para adaptarme a este estilo de
vida —el hombre mira al infinito, con la vista perdida—, tuve

suerte de encontrar esto, pero…, ¡cómo ha cambiado el mun-
do!, ¿menuda lección nos dio ehh?, una durísima lección de

poder, eres demasiado joven como para saberlo, ¿cómo has
dicho que era tu nombre?
Sahanna titubea, no está segura de contestarle, aunque al
final accede por cortesía, sabe que será un viaje incómodo.
—Ehhh, el caso es que no se lo he… bueno «A ver si esta

vez es la definitiva»— Una amplia sonrisa se dibuja en su ros-
tro dejando ver unos dientes pequeños y blancos como per-
las—, ¡mi nombre es Sahanna!

—¿Cuántos años tienes, Sahanna? —pregunta Sunmen con en-
tonación infantil—. No es frecuente ver a personas de tu edad,

hace mucho tiempo que no veía a nadie que fuera tan joven.

—¡Ya tengo doce años! —Sahanna le regala una forzada-
sonrisa, se niega en rotundo a que su día se estropee, además,

le queda aún un largo tramo de viaje—. «No hay más remedio
que darle otra oportunidad».
—Admiro a las mujeres que tuvieron el valor de tener hijos
como tu madre, bueno, admiro a las mujeres y punto, yo

solo me preocupé de sobrevivir, no imagino cuidar de otro
ser por encima de mí en aquella situación. Ehhh…, lo siento
suena fatal, no me juzgues erróneamente, eran tiempos muy

difíciles, hicimos muchas cosas para salir adelante, pero aho-
ra que la vida vuelve a estar en calma me gustaría formar una

familia, que me cuide y me quiera, este nuevo mundo hace
que a veces me sienta muy solo…
«Vale, decidido, este señor no me gusta».
Algo comienza a apretar con ansia el estómago de Sahanna,
desde muy pequeña había sabido reconocer, sin lugar a duda,

los momentos en que su madre se sentía desesperada, recor-
daba aquellos profundos ojos azabache, clavándose cuales afi-
lados cuchillos en ella, sepultándola bajo la losa de la culpabili-
dad, solo ellos, podían enterrar a cualquier ser o elevarlo desde

lo más profundo hasta el infinito.

Observa cómo rápidamente pasan las últimas casas en hi-
lera que forman la cola del pequeño reducto de civilización,

colores vivos centellean ante sus ojos, fundiéndose, pero sin
llegar a unirse totalmente entre ellos, no distingue ninguna

forma especial, la emoción va creciendo impaciente en su in-
terior, sabe que en breve se adentrarán en el camino que lleva

a su objetivo.

El hombre ha descamado de nuevo una herida que nun-
ca cerrará del todo, la emoción la embriaga, pero su gran

enemigo, el pasado, siempre al acecho, intenta engullirla,
desencadenando que su entusiasmo y euforia mantengan

una lucha encarnizada contra su mente, empeñada en pro-
yectar recuerdos que impactan contra las paredes de su

cabeza, rememorando el dolor de aquellos tiempos en que

la dureza de su existencia hacía un suplicio el levantarse
cada mañana.
Sunmen habla y habla, pero ahora el eco de su voz retumba
muy lejos de los pensamientos de Sahanna.
Durante su corta infancia nunca entendió el porqué de
aquella sensación de ahogamiento, su madre era su mundo, la
admiración que sentía por ella emanaba de lo más profundo
de su ser, mientras crecía aceleradamente se daba cuenta de lo
dura que había sido la vida para su progenitora desde que ella
apareció.

Nunca hablaban abiertamente de sentimientos y de la enor-
me carga que ambas soportaban, las pequeñas perlitas brillan-
tes que en un principio habían sido expuestas, cual exquisito

escaparate de joyería, van desapareciendo de su rostro lenta-
mente al recordar sus miserias.

El hombre no para de hablar y gesticular, su mirada se posa
en él, pero no lo ve, no lo oye, inclina ligeramente la cabeza

para lograr un mejor ángulo de atención, ve sus labios mover-
se con premura a través del espejo, siente las vibraciones de su

lejana voz, intenta salir de su ensimismamiento para darle al

menos un veinte por ciento de atención a la absurda conver-
sación, nunca ha entendido por qué el carrater (Nota del autor:

hombre que transporta personas en Trojo), habla tanto, siem-
pre pregunta y cuenta lo mismo, no le disgusta del todo aquel

tipo, ella sí lo conocía, aunque él haga como que no recuerda
las veces que se han visto anteriormente.
Siente cierta compasión por él, pero a la vez le fastidia

soberanamente que siempre actúe como si no se conocie-
ran, ¡es la única niña de su edad y ha montado muchas ve-

ces!, hace tiempo, llegó a la conclusión de que solo necesita
desahogarse.
—Recuerdo cómo era darse un baño eterno, una copa de
buen vino, el agua a la temperatura perfecta, el olor de las

sales de frutas, el vapor apoderándose lentamente del ambien-
te hasta que todo se cubría y se hacía invisible, esa niebla…,

ohhh mi jacuzzi, ¡cómo lo echo de menos! Vivía en el centro
de París, qué gran ciudad, por desgracia la última imagen que
quedó en mi retina es el gran atasco sufrido cuando el sistema

cayó, el final de los Campos Elíseos colapsado, la gente salien-
do de los vehículos peleándose como bestias, el caos reinante,

fuego. —Cierra los ojos momentáneamente, rememorando en
su mente la escena que acaba de relatar, unas tímidas lágrimas
afloran por los laterales de sus ojos; al abrirlos, sus cuencas
están inundadas.

»Era una ciudad maravillosa, hermosa por todos lados, fas-
cinante, con rincones únicos, sí, olía bastante mal, casi como el

interior del agujero norte de Trojo… Pero… ¡era mi ciudad!,

todo era mágico, las noches eran una locura, todo podía suce-
der en sus barrios de luces eternas, ¡ohhhh!, te envolvían hasta

turbarte la visión…

»¡¿Y por el día?!, ufff, por el día, con la luz, bueno…, cuan-
do había jajaja, enseñaba aquel lado sexy y romántico que em-
belesaba, era de película, ¿sabes niñita?

—Ehhh «¡Cómo odio que me llamen niñita!». Ehh…

«desisto». Solo he leído sobre París —Sahanna mira al cie-
lo—, me he imaginado su belleza cientos de veces, a los

enamorados paseando por los jardines, la estatua de la liber-
tad saludando al río Sena desde la Isla de los Cisnes… Me

encanta el mundo antiguo, los castillos de los viejos reinos,
los restos de todos los imperios (Nota del autor: cuando
dice imperios antiguos, realmente se refiere a los países del
siglo xx), imagino cómo vivían, sus ropas, el alimento, he
leído mucho, intento comprender cómo pudo pasar todo,
investigo cómo eran cada uno de ellos y escribo…
—¿Escribir el qué niñita?
—Por favor, no me llame niñita, le he dicho que tengo
doce, bueno, casi trece años.
—Jajaja, está bien, has dicho Sahanna, ¿no?
—Sí. «Creo que es la milmillonésima vez que se lo repito».
—Bonito nombre, escribir, ¿el qué?

Sahanna mira al exterior, le agrada que el «ca» (Nota del au-
tor: el ca era un vehículo para transportar personas), no tenga

puertas, nunca le gustó perderse nada del paisaje, su vista inten-
ta captar nuevos elementos cada vez que realiza aquel camino,

mientras su mente soñadora la transporta a su idílico mundo en
el que todas las personas que ella amaba, están allí, felices, con
grandes sonrisas dibujadas en sus rostros y en armonía.
—Quiero que las generaciones futuras sepan cómo era
aquel mundo, la vida diaria, las numerosas especies que

coexistían, dibujar los antiguos edificios, las enormes ciu-
dades, investigar… ¡Mi madre me ha dicho que algún día

cuando las cosas mejoren me llevará a ver los restos de
todas esas ciudades de la historia, podré ver La Tour Eiffel

y explorar todo lo que encontremos!, es una mujer magní-
fica, mi objetivo es encontrar todos los monumentos que

salen en los libros que he leído, iré con mi ami Nana, vere-
mos el mundo cuando crezcamos…

A la vez que habla sobre el futuro, su mente ha viajado

hasta él, allí está, explorando y documentando todo lo que en-
cuentra a su paso, puede visualizar a las generaciones futuras

leyendo sus libros, estudiándolos, viendo la sonrisa de Nana
con cada descubrimiento…
Una profunda y sonora inspiración llena el pecho del carrater,
alertando a Sahanna de que está preparado para volver a hablar.
—Ains, niñita, ¡perdón!, Sahanna —el cerebro de Sahanna
deja de proyectar su idílica película, obligándola a regresar a la

conversación—, creo que has de olvidarte de ese mundo an-
tiguo, tu madre no te lo habrá dicho para no herirte, pero me

caes bien y pareces una chica lista. De aquello solo queda un
espejismo, no hay que hurgar en el antaño, duele…

»Hemos de dar gracias a que los pocos que sobrevivimos su-
pimos encontrarnos y poco a poco crear todo esto. Entiendo

que Trojo se te quede pequeño, pero remover el pasado en este
momento solo serviría para desmoralizarte a ti y a los que sigan
el resultado de tus aventurillas, en mi opinión, creo que con lo
inteligente que pareces deberías preocuparte más por el presente
y el futuro de nuestro pueblo, nunca se sabe lo que puede pasar…
—Ehhh, no creo que…
—Niñit…, Sahanna, yo era abogado, de los buenos, ¿sabes
lo que es un abogado?
—Ehhh, sí, he leído sobre ellos, en un libro que encontré
les llamaban «chupasangre»…
—¡Ja, ja, ja! —Sunmen se ríe sonoramente.

Sahanna lo mira extrañada, prosigue su argumento sin per-
der un segundo, sabe que, si hace una pausa, por breve que sea,

él hablará de nuevo y se quedará sin decir lo que quiere.

—Por lo que he deducido y mi madre me explicó, ¿eran
algo parecido al señor que habla con las partes cuando hay

algún problema de la colonia y no llegan a un acuerdo?, en-
tiendo que ¿pactaban bebiendo sangre o la utilizaban para

algo, no?, lo que he encontrado es confuso y mi madre no
me aclara nada…

En realidad, no entiende del todo a qué se dedicaban exac-
tamente, ni tampoco la relación de la palabra «chupasangre» que

había leído en aquel manuscrito, le sonaba irracional, nociva,
conocía al mediador de Trojo, siempre era justo y bondadoso.
Cada vez que pregunta a su madre, esta responde con evasivas,
odia profundamente las escapatorias que utiliza para no hablar
de nada relacionado con el pasado.
De manera fugaz, su cerebro le grita que si le contesta lo
que él quiere oír dejará de darle absurdos consejos cobardes y
conformistas.
—¡No!, «Si él se permite el lujo de decime estas estupideces,
se las rebatiré abogando a la razón y al conocimiento, no estoy
dispuesta a ceder ante este tipo solo por agradarle».
—¿Cómo? —El carrater ríe sin parar, con los ojos enfrascados
en lágrimas, algo que a Sahanna le molesta profundamente—,
algo así, niñita, eres demasiado joven para entender o conocer

una profesión de las que había antes de la Gran Sequía, era pa-
recido, pero no se podía ser amigo de todos, solo de una parte.

—¿Y… cómo sabían cuál era la parte que tenía razón?
—Ains, niñita, qué fáciles son tus preguntas y qué difícil
sería que las entendieras, dejémoslo, ¿de acuerdo?
—Ehhh, no soy imbécil, ¿sabe?, y le repito, no me llame
niñita…

—Lo sé, lo siiiiennnnto, te contaré un poquito.
—«Solo quiero llegar, este idiota cada vez me cae peor…»—.
—Mi vida no era esta, ¿sabes?
—«Sí Sahanna, te lo va a contar otra vez, Nana, qué ganas
tengo de verle…».
Sahanna vuelve a zambullirse de nuevo en su mente, bucea
por su imaginación, de repente se acuerda, «la nieve», nunca la
ha visto y tiene la certeza de que nunca lo hará, mete su mano
en el bolsillo y saca una fotografía que siempre lleva con ella.

La analiza con cariño, recuerda el día en que, exploran-
do, entró en una vieja casa abandonada, su madre le tenía

prohibido meterse en lugares sin asegurar, a su parecer, su

madre le tenía prohibido el casi total de las cosas diverti-
das de la vida.

Lo difícil para ambas, es que ella no creía en los límites de

la curiosidad, así que, con mucho cuidado, desobedecía cons-
tantemente las órdenes, ruegos o cualquier frase que la con-
dicionara a hacer algo, sobre todo si venía de su progenitora.

De pronto, una corriente eléctrica recorre su cuerpo, re-
cuerda momentáneamente la alegría que le invadió cada célula

de su sistema, cuando la vio, allí estaba, intacta, aquella antigua
fotografía olvidada en una pared, insólitamente era de papel,
protegida por un fino cristal, bordeado con un horrible marco
plateado, un tesoro con aquel fondo blanco que resaltaba a la

vista, una familia feliz en primer plano, extraña, llevaban mu-
cha ropa encima y objetos en pies y manos, todos sonreían, en

los pequeños trozos de cara que asomaban, resaltaban minús-
culas rojeces que no llegaba a entender, rebosaban tal alegría

que podía sentirla.

Siempre que observa la fotografía, se imagina que esa fami-
lia sonriente, sin miedo ni preocupaciones era la suya, disfru-
tando del momento como una familia «normal».

—Era socio de un gran bufete, eso es, bueno… era un sitio

donde había muchos de esos «chupasangre», como bien has di-
cho, jajaja, nos encargábamos de defender a gente muy pode-
rosa, culpable o inocente, no importaba, lo importante era el

dinero, el maravilloso y abrumador dinero, el poder, deleitarse

saboreando la punta de la pirámide sin importar cuántos cadá-
veres formaran los cimientos, una vida desenfrenada, llena de

lujos, lujos son cosas que no necesitábamos, pero que tenía-
mos en abundancia, además estaban las fiestas, sex…, ehhh y

todas esas cosas maravillosas que ya no existen.

»Despilfarraba tanto que no sabía ya en qué gastar el di-
nero… Hay que ver cómo cambian los tiempos y cómo el

mundo se rebeló ante nuestra raza. —Sus ojos vuelven a em-
pañarse de lágrimas.

—Ehhh, señor, ¿qué es dinero?, no entiendo bien, suena
maravilloso, ¡ojalá hubiera nacido antes de la Gran Sequía!
—El dinero era lo que usábamos para los trueques, ¡qué

tiempos! —Sunmen inspira profundamente y espira—, lo des-
truyó todo… Un consejo te voy a dar, niñita, no dejes de lado

a las personas que te quieren porque cuando las pierdes, las
echas tanto de menos que desearías ser tú el que está bajo la
árida tierra…

El carrater habla y habla de su vida pasada, sus fantasías, an-
hela y describe lugares y cosas que ella nunca llegó a conocer,

a Sahanna esto siempre le provoca cierta envidia, el hombre
usa un lenguaje que, a veces, no entiende del todo, dándose

por vencida y agotada su paciencia, ajena a la voz del hombre,
decide dedicarse a admirar la bella estampa que se abre ante su
atenta mirada…
Preciosos paisajes de tonos rojizos se abren paso ante ellos,
el viento caliente les golpea desestabilizando levemente el

«stonefull» (Nota del autor: los «stonefull» o «tonef», son vehí-
culos flotantes, especiales para terrenos donde el aire caliente

azota con fuerza, poseen mayor estabilidad y un fuselaje apto
para altas temperaturas).
El intenso calor aprieta en la zona, conforme se acercan
a su destino sienten cómo el fuego emana de las entrañas de

la tierra, para ella es algo normal, no conoce otro clima, Sun-
men empieza a sudar copiosamente, saca un pañuelo sucio

del bolsillo del pantalón, se seca el sudor que le cubre toda la
cara. Sahanna cuenta los segundos que quedan antes de que
aquel hombre empiece a quejarse como siempre por llevarla
hasta aquel lugar y del lugar en sí, es bastante molesto, abre la
boca para replicarle, pero antes de que la voz se escape de su
garganta, su mente ha sopesado los problemas que le puede
causar con su madre si es grosera y aunque tenga razones para
ello, decide guardar silencio una vez más.
—No entiendo para qué vienes aquí, es horrible, el calor

quema los pelos de la nariz, los «raritos» están acostumbra-
dos, nadie en su sano juicio querría ni acercarse, no sé cómo

tu madre…
Sermonea y se queja sin parar, ya no la mira por el espejo

retrovisor, ahora se dirige al mundo en general, es una situa-
ción incómoda, a ella no le interesa enfrentarse, así que ocupa

su mente en la próxima aventura que le propondrá a su ami,

está segura de que será algo emocionante, a Nana siempre se
le ocurren planes increíbles.
Describir a Sahanna sería como explicar el contenido de
una caja de Pandora, inquietudes cocinadas a fuego lento que
luchan por salir, presionando las paredes que las mantienen

cautivas, sus ansias por descubrir el mundo y su energía la ha-
cen un ser especial.

Aunque, sin lugar a duda, lo que más la corroe y empuja
a desear crecer aceleradamente, es el diario que su familia y
otros escribieron, una mezcla de aventuras, descubrimientos,

pérdidas y renaceres que designaron como: «Historia de la nue-
va humanidad».

Su madre le aseguró que cuando fuera más mayor, sin espe-
cificar a qué cifra se refería exactamente, se lo dejaría leer, así

comprendería la historia de su pueblo, de las breves pero in-
tensas fases a las que el mundo se había visto sometido, cómo

este se había transformado hasta llegar a lo que es hoy, des-
cubriría la respuesta a tantos enigmas, ansiaba con ganas «ser

mayor» de una vez.
Para ella, el saberlo todo se había vuelto una necesidad,
le gustaba su vida, pero fantaseaba con muchas de las cosas
que la gente mayor de Trojo le contaba, para eso necesitaba
a Nana. Sahanna creía que cada ser viviente necesitaba de su
complemento espiritual.
A veces, jugaba a vivir esa vida, a hacer todo lo que leía en
los libros antiguos, «irse de compras» (aunque no entendiera
del todo el concepto), hacer fotos a monumentos, aunque
no había visto ninguno, admirar preciosos cuadros, cenar en
restaurantes de ensueño, solo había visto uno en ruinas, aun-

que su mente lo reproducía en todo su esplendor, soñaba
despierta con ese mundo que algún día su madre le revelaría
con más exactitud…

……….

«No sé qué día es, no importa, estamos vivos, encontra-
mos una vieja fábrica de papel.

Gracias a esta anónima empresa del pasado, plasmare-
mos el presente para recordarlo en el futuro».

Charles T.

Capítulo 1

Año 2075 y siguientes…

La sociedad había llegado casi a la cúspide del conocimiento, científica-
mente avanzaba a pasos agigantados.

Las relaciones sociales habían sido engullidas al completo por la tecno-
logía, los únicos hándicaps que seguían existiendo en cuanto a la absoluta

sabiduría, eran el espacio y las profundidades marinas…
La Era del control mental, en matrimonio, con la fabricación de seres
autómatas, vacíos y controlables, compuestos de frágiles cuerpos hechos de
células vivas.
Una tecnología que evolucionaba tan rápido que parecía alcanzar la
cima en breve, nada cambiaba, todo cambiaba, la explotación de unos
sobre otros, la obsesión por el poder, todo ello en concordancia para que la
tierra girara en torno a algo que no era su eje natural.

El tiempo de vida de los organismos era bastante amplio, los estre-
pitosos fracasos de los acuerdos internacionales para el control de la na-
talidad, la procreación masiva, inversamente proporcional a los recursos

existentes. Todos estos factores y alguno que otro más, hicieron que todo
lo que hasta el momento en la sociedad no había sido una preocupación
prioritaria, empezara a serlo cuando ya era demasiado tarde.

La raza humana vivía despreocupadamente, basando sus razona-
mientos de seguridad en el egoísmo personal y la confianza en el sistema

por comodidad.

Se jugó a la ruleta rusa con la paciencia y el aguante físico del planeta,

venía haciéndose desde hacía muchos siglos, hasta que el Estado de Bien-
estar se vio arruinado por el duro castigo de la madre naturaleza.

Tras años de soportar catástrofes naturales, ver cómo países enteros
eran arrasados unos tras otros, la Gran Sequía sepultó todos los sueños
y esperanzas de futuro.

Asoló el mundo e hizo que toda la población dejara de lado el con-
sumismo, la era digital y lo relativo a lo que la sociedad y el individuo

consideraban importante para centrarse en su nueva prioridad: sobrevivir.
(Nota del autor: No mencionaré las clases bajas, sociedades ni individuos

que ya basaban desde siempre, su existencia en una lucha diaria por la supervi-
vencia, porque ellos simplemente «desaparecieron del sistema», una explicación

incompleta y tal vez ambigua, pero no se me ocurre otra que mejor lo defina).

La lucha por los recursos, se tornó en una guerra individualista, cada
persona superaba todos sus límites para salir adelante, no era un conflicto
entre Gobiernos, era mucho más cruel, terrible, drástico…
Los inmigrantes climáticos se convirtieron en una plaga para los países

en los que los recursos todavía eran «accesibles», se sellaron fronteras, re-
ventadas por avalanchas de personas desesperadas, para, al final, dejar de

existir en un mundo donde todos nos convertimos en inmigrantes o mejor
llamados, nómadas por la supervivencia.
Cada uno conocería que no existen los límites cuando la muerte acecha
en cada esquina, intentar salvar a las personas amadas se convertiría en
una condena a muerte asegurada.

El agua y cualquier líquido que sirviera para la hidratación corpo-
ral, se privatizó, personas con altísimo nivel adquisitivo, lo compraron y

embotellaron, para luego venderlo a precios desorbitados o guardarlo en
lugares secretos para su supervivencia.
La inflación del mercado se tornó insostenible, la gente enloqueció de
una forma atroz, los que se habían visto sometidos a luchar para vivir,
aprendieron rápidamente que en un Estado anárquico donde ya no cabe
más desesperación, aniquilar a cualquiera sin miramientos no era una

opción, sino una obligación para obtener beneficios y poder optar al líqui-
do, la violencia cada vez era más desgarradora y desmesurada, la piedad

no cabía en aquellos días.
Por el contrario, para los que tenían el control del mercado a distintos
niveles, la delincuencia no era un problema, era la realidad del día a día y la
solución a la inminente extinción de todos los seres del planeta, solo debían
esperar pacientemente a que «el problema» se resolviera por sí solo. Lo que
no calcularon es que las personas encargadas de protegerles, sus salvadores
en incontables ocasiones, al final se convertirían en sus verdugos.

Miles de lugares secretos llenos de diferentes líquidos quedaron en el ol-
vido, las enfermedades lo asolaron todo, ningún ser tenía mejor suerte, los

que no morían rápidamente, eran aniquilados para sustento o comercio.

La raza humana se auto exterminó a pasos agigantados, aproxima-
damente solo un diez por ciento de población sobrevivió, tal vez algo más,

no existe una contabilización certera.

El problema añadido para la proliferación de la especie, era que quie-
nes no habían muerto, lo hacían lentamente y de paso, mataban a todo

lo que se encontraran en su camino, la violencia había llegado a su punto
álgido y no parecía que fuera a retornar.

Sobre la tierra quedaba ya menos vida casi que bajo ella, la falta de man-
tenimiento en las centrales energéticas provocó que los aparatos desintegrado-

res de moléculas (los cuales necesitaban una enorme cantidad de la misma),
no funcionaran correctamente, volviéndose paulatinamente al antiguo método
enterrando los cadáveres o casi cadáveres (a los moribundos en fase final se

les enterraba de igual modo), esta ardua tarea, cada vez era más difícil ter-
minarla debido a que había que emplear un elevado gasto energético humano,

sumado a las altas temperaturas y al peligro que en sí existía, mientras se
estaba distraído con el cometido, quedando con frecuencia, los moribundos y
cadáveres sobre la superficie, expuestos a las condiciones climáticas.
Todo ello contribuyó a la proliferación de numerosas enfermedades que
se sumaban así a la exterminación de los seres vivos que quedaban.
En un intento desesperado para la reconstrucción del planeta, UGSO
(«Unified Goverment in the Search for Solutions»), creando la
mayor campaña de marketing de la historia, «rogaron» (por decirlo de
alguna manera), a la población viva que se inscribiera en un registro y
expusiera las cualidades y conocimientos que cada individuo poseía, a
cambio de promesas garantizando seguridad y esperanza de vida.

Las personas comenzaron a salir de sus escondites, UGSO, enfun-
daba valor y protección, garantizaron el fin de la violencia, víveres y un

nuevo comienzo, todo esto hizo que la gente colaborara activamente en las
inscripciones masivas, lo que quedaba del mundo se volcó en ayudar a un
fin común: renacer.

Como la mayoría de utopías, esta duró poco, ya que conforme avan-
zaba el tiempo, el hambre y sobre todo la sed, hicieron que afloraran de

nuevo poco a poco los más bajos instintos del ser humano.
Lo que en un primer momento fue una colaboración conjunta para la

supervivencia, se convirtió en una lucha entre los diferentes grupos repar-
tidos por el mundo.

Los supervivientes eran confinados en «campos» cercados por «su segu-
ridad», organizados en base a la funcionalidad de cada individuo.

Áridas extensiones de tierra, donde se construyeron grandes cabañas,
sub-búnkeres subterráneos con capacidad para un número ilimitado de
personas, en los que las condiciones de vida distaban mucho de ser dignas.

Además, por cada campo había un búnker, donde vivían los lí-
deres con sus familias, un sistema cerrado de comunidad, aislado y

altamente protegido.
Científicos, médicos y demás gremios que pudieran aportar calidad de

vida a los líderes del UGSO, se encontraban concentrados en los sub-
búnkers, situados normalmente en la parte oeste del campo, semienterra-
dos, sometidos a presiones constantes para servir fielmente a los «intereses

comunes y al bien de la humanidad», ya fuera creando tecnología, avan-
zando en la medicina, etc. Siendo el precio, a veces, demasiado alto para

los que aún poseían moral.
Las personas constructoras, encargadas de ser la mano de obra para el
levantamiento de edificaciones, paulatinamente, sin darse cuenta, pasaron
a ser los esclavos de los dirigentes y su peculiar «sistema de reconstrucción
de la humanidad».
Los elegidos como «soldados», adiestrados a conciencia, poseían las

armas con las que exterminaban a quien no fuera funcional en los pro-
pósitos establecidos, quien discrepara en las actuaciones del UGSO o

produjera algún altercado.
Los niños que no eran «aprobados» por los dirigentes del UGSO,
así como enfermos, ancianos y personas con minusvalías eran una fuente
de pérdidas que en un principio «desaparecían», siendo supuestamente
reubicados en otros campos; se sabía que realmente seguían el «modelo
espartano», utilizando un abismo oceánico seco para la «optimización de
los recursos», aunque eso nunca pudo demostrarse.
Solo los aptos y obedientes para los trabajos eran conservados en los
campos, el poder terminar el día vivo se convirtió en una pericia digna de

premiar con el don del sueño (dormir era un don, puesto que la mayoría
nunca lo hacía).
Sin duda, la mayor aberración que se produjo en estos lugares fueron
los vulgarmente llamados «criaderos», cuya misión era repoblar la especie,
apartaban mujeres fértiles para la procreación, encerradas, en condiciones
infrahumanas, cometiendo contra ellas abusos innombrables con la excusa
de la proliferación de la raza al servicio de los líderes del UGSO, puesto
que solo su prole era la idónea para la repoblación.

Cabe mencionar que la que no era fértil o dejaba de serlo, era aban-
donada a la muerte, fuera del campo, sin fuerzas, sin comida, con diver-
sas enfermedades, sumando que muchas de ellas desarrollaban ceguera,

causada por el confinamiento en la oscuridad, sin ninguna oportunidad.

Con este sistema de «eliminación discriminada para la mejora», con-
tribuyeron activamente a exterminar a la gran parte de población que aún

quedaba sobre la tierra.
Estos lugares semejantes al más aterrador de los infiernos que pueda

existir en cualquier pesadilla, se bautizaron como: «Bgul», que significa-
ba «Better than Gulaj», reproduciendo fielmente o mejor dicho recru-
deciendo aún más, las duras condiciones y el trato a los «trabajadores» de

los campos originales rusos, se ubicaban en distintas partes de Europa,
donde la concentración de población viva se estimaba más alta, aunque
personas de todas partes del mundo alertadas por la llamada, acudían con
cuentagotas dándose de bruces con la realidad; la mayoría, desesperadas,
preferían experimentar el horror que desconocían a enfrentarse al camino
de vuelta que seguro les llevaría a la muerte.
Un orden mundial perfecto, una raza joven, enérgica, donde los que

sobrevivieran serían los más fuertes, más inteligentes y además previamen-
te sometidos y amedrentados psicológicamente para no revolucionarse, un

nuevo mundo creado de las cenizas del antiguo que avanzaba con rapidez,

con conocimientos de sobra para formar un renovado período en la his-
toria de la humanidad, no habrían de pasar por ninguna época pasada,

serían los nuevos dioses, crearían un todo de la nada.
La idea era extraordinaria para los líderes, dueños de este mundo fetén,
todo reportaría beneficios, no había cabida para el error, nada podía fallar…
Pero como toda idea basada en la opresión y el maltrato hacia sus
iguales, los planes se verían truncados por la selección natural y como
desde las antiguas épocas, por la repetitiva avaricia humana…
Poco a poco los campos fueron un cultivo de nuevas enfermedades,
muchas de las ya erradicadas hacían su estelar aparición de manera
sobre evolucionada.
Un cóctel de todas ellas germinaba rápidamente entre los trabajadores
de los Bgul, debilitados por las intensas y devastadoras condiciones físicas
a las que se veían sometidos.
El afán de poder de los dirigentes mermaba cada día la calidad de
vida de estos «trabajadores», condiciones insalubres, falta de higiene,

deshechos acumulados, hedores inconcebibles, sumado a lesiones, pústu-
las, infecciones incurables, pésimos estados anímicos, falta de estructu-
ras para el descanso…, todo ello carente de importancia ante el ansia

de construir de forma masiva para la creación de nuevos imperios para
los poderosos.
Las demás ramas de «esclavos», como los científicos, podían vivir un
poco mejor, la única diferencia es que sus funciones las desempeñaban en
el interior de los sub-búnkeres, privados casi por completo de la luz solar,
derivando de ello otros problemas de salud.

(Nota del autor: Ni la estructura de los campos, ni los distintos departa-
mentos que los forman, serán expuestos por carecer de interés para el entendi-
miento del funcionamiento de los mismos.

Las especiales características de los campos crearon un clima idílico
en el que las ratas, no se sabe cómo, aparecieron con una estructura

corpórea mejorada, proliferaron de manera masiva, creyéndose ex-
tintas, fue la especie que sirvió de único sustento en los Bgul y fuera

de ellos, todo el mundo se alimentaba de rata, desde la punta de la
pirámide hasta el ser humano más insignificante.

Los Bgul se volvieron aún más rentables, por sí solos produ-
cían alimento y además relativamente bueno, la rata tenía todos

los nutrientes necesarios para alimentar a una persona, su carne
paliaba el hambre y su sangre, la sed.

Construían la nueva civilización, con una mano de obra que pre-
fería estar allí, preservando una mínima esperanza de vida, antes

que escapar y afrontar una muerte segura por inanición.
Luchaban entre ellos por la caza de estos roedores, todo era
perfecto, los que no valían para la caza morían, o alguien más
fuerte robaba la caza para su sustento y para el aporte diario de
comida a los líderes, (el que no aportaba era aniquilado y servía
para posterior sustento de las ratas, se rumoreaba que también a

las «no ratas», pero nunca llegó a demostrarse que existieran con-
ductas caníbales), la solidaridad pasó a ser eliminada, las únicas

necesidades que quedaron en los campos fueron la de alimentarse
y con ello sobrevivir, daba igual al precio que fuera.
Poco a poco todos fueron muriendo, ya por enfermedades, muchas de
ellas casi absurdas, por extenuación o asesinados por algún semejante.
La gran revolución que iba a ser el sistema Bguliano, cayó
en picado por su propio desastre interno, la gran peste de los
Bgul aniquiló la mayor parte de la población, sí, la pequeña y
«cabrona Yersin», como la llamaban (Yersinia pestis, bacteria
causante de la peste) no solo logró sobrevivir al fin del mundo,

sino que era imparable, una supermutación tenía la culpa de
su gran resistencia, las ratas se la contagiaban entre sí y al ser
cazadas, estas junto a sus pulgas, se la pasaban al ser humano,
un desastre de tal magnitud que casi supuso la extinción total
de la raza humana.

Los líderes murieron con rapidez, del mismo modo que sus sue-
ños de poder.

Tras pocas semanas de desolación y muerte, los diferentes campos
fueron abandonados con el horror en las miradas de sus ocupantes,
algunos se resistieron a irse, el miedo y la incertidumbre se daban la
mano con el trauma sufrido.
Quienes lograron sobrevivir, anduvieron sin rumbo en busca de un
lugar apto para empezar una nueva vida, el año que los Bgul aislaron a
los resquicios de raza humana que quedaban del mundo exterior, hicieron
que el planeta se regenerara muy lentamente, viéndose de nuevo algunas
especies vegetales y animales, que pronto volverían a ser aniquilados por
los desesperados supervivientes.
El gran interrogante nunca será resuelto con exactitud, ¿cómo sucedió
lo mismo en todos los campos, al mismo tiempo, fue alguien, algo o una

asombrosa coincidencia?, puede que nunca se sepa, pero de no haber ocu-
rrido aquello, seguramente estas líneas no estarían escritas.

Detrás de la máscara Vol. II

¡TIN!, ―se abren las puertas―

― La próxima cambia algo para que no suene esto…
― Ya, yo también lo odio —dice Charles con una risa nerviosa.

Armas en alto, avanzaban despacio, no había rastro de ningún ser
vivo, los monos se habían dado un festín y habían destrozado lo
que quedaba de las salas de exposiciones.
Estaba todo esparcido por el hall. Shamsha se paralizó
momentáneamente.

― Callia, susurra— ¡Vamos, Sham, ahora no puedes echarte atrás!

Shamsha salió de su letargo. La miró con decisión y con una
expresión de dureza dibujada en su cara, aunque en realidad le
temblaban las piernas tan fuerte que casi oía cómo chocaban sus
rodillas. Charles apretó su mano, la miró fijamente, esos ojos
siempre la tranquilizaban y se arrepintió por haberle gritado que
no viniera.

― ¡Probemos con ese! —Lewis se dirige hacia un vehículo que se
encuentra en la entrada del palacete—. No tiene iones, ¡joder!,
¿qué pasa, Sham?
― Hacía tanto tiempo que no me paraba a observar el cielo…
― Ahora no es mom… —¡Charles, derecha

Un pequeño mono los observaba atónito. Shamsha se quedó
petrificada, este hinchó el pecho para gritar y el pánico se le
apoderó. De repente, un sonido similar a una ráfaga le rozó el oído,
el mono se desplomó fulminado, dejando un gran charco de sangre
en el suelo que brotaba de su cabeza en cascada.

― Vamos, no perdamos tiempo, tardarán poco en notar su
ausencia…

Caminaron durante largo rato, siempre alerta de cualquier cosa
o ruido que hubiera a su alrededor. Shamsha estaba horrorizada,
la ciudad estaba toda destruida, era un espejismo. Avanzaban por
una larga carretera que se dividía en otras más estrechas, a los
laterales se encontraban ruinas de lo que antes habían sido
preciosos monumentos, las lágrimas brotaban de sus ojos en

contra de su voluntad, el paisaje era abrumador, había miles de
vehículos, volátiles y terrestres colapsando las vías, todos
destrozados, probaban los que creían que podían servirles. No
tuvieron suerte, ninguno tenía ni un ápice de iones, electricidad,
agua u otro combustible. Sentía su cuerpo tan tensionado que
creyó que alguno de los músculos que le obligaban a caminar se
rompería como una goma elástica cuando ya no soportaba más.

En un susurro, Lewis ordenó que se agacharan,

― ¡Abajo!

Como si de un acto reflejo se tratara, todos se tiraron al suelo,
sentían el asfalto caliente sobre su pecho y muslos. Shamsha miró
a Callia, esta posó el dedo índice sobre sus labios, agrietados por
el calor y la deshidratación. Shamsha la observaba, el miedo
manaba de sus cuencas y Callia se percató de ello, le tocó el
hombro, susurrándole que estuviera tranquila, giró la cabeza
buscando la amenaza. Desde el suelo, bajo un coche esperaban el
próximo peligro, rogando que pasara de largo o atacarlo antes de
ser agredidos. Shamsha estaba sorprendida, no lo podía creer,

eran humanos, ¡se escondían de ellos!, no entendía por qué no
corrían a unirse y preguntarles todo lo imaginable. Lewis y Charles
habían desaparecido, su estado de pánico se volvió permanente,
Callia le apretaba el hombro, le susurraba que se tranquilizara,
pero le era imposible, solo podía ver las botas militares y oír las
voces de aquellas personas, hablaban en un idioma extraño,
parecía ruso, no estaba segura, le sonaba muy raro, con un acento
muy marcado.

― ¡HELLO, WE KNOW YOU ARE THERE! —El desconocido habla
en inglés con un marcado acento ruso.

No contestaron, estaban solas, miró a Callia que agitaba su mano
suavemente con la palma hacia abajo, a la vez que le susurraba
«tranquila», vio cómo contaba cuántas personas estaban con el
hombre que les gritaba. Callia la miró fijamente y casi rogándole
en un susurro le dijo:

― Quédate aquí, no salgas por nada del mundo, intenta llegar al
maletero a través de los asientos traseros del coche, no los
cierres del todo, ¿ok?, en un rato volveré a por ti.

― No salgas, no me inspiran confianza…
― Lo sé, Sham, pero nos encontrarán, prefiero salir y ver qué coño
quieren…
― Puedo ayudarte…
― Espera, haz lo que te he dicho, el elemento sorpresa es nuestra
mejor baza.

Se alejó dos o tres coches, salió con las manos en alto, el hombre
le preguntó si estaba sola, ella le contestó que en el fin del mundo
era muy difícil no estarlo. Shamsha abrió los asientos y se metió
en el maletero. El olor era nauseabundo, se asfixiaba, vio que
había un hacha, una motosierra y demás herramientas de
jardinería, «podría sernos útil». De repente, salió de sus
pensamientos al oír a su amiga gritar,

― ¡SUÉLTAME, CERDO!

Hablaban en un idioma que Shamsha no lograba entender del
todo, creía que era ruso, tal vez ucraniano, pero no estaba
segura, estaban bastante lejos. Callia era fuerte, pero no podría
contra tantos. «¿Dónde están?»

― ¡OS HE DICHO QUE ESTOY SOLA
― ¡CÁLLATE!

Golpeaban los coches, cada vez estaban más cerca. Shamsha no
sabía qué hacer, oía cómo abrían los maleteros, en breve la
descubrirían. Cogió el hacha con fuerza, esperaba a que abrieran
para atacar, después ya pensaría cómo resolver el resto de la
situación, pero los golpes cesaron, distinguió otra voz que
gritaba.
― ¡VES CÓMO NO HAY NADIE MÁS, VOY SOLA, ¡SUÉLTAME!
[…]

Miraba la luna junto a Misha, percibía el olor de su piel, era
extrañamente dulzón, hubiera sido una de las escenas más
románticas de mi vida si hubiera olvidado ese tema del fin del
mundo y de que Misha no era Charles; por un momento me
visualicé con él, los dos desnudos, el intenso reflejo de la luna
brillando sobre cada uno de nuestros poros, mientras él, ávaro
de placer, aprieta con ansia su cuerpo contra el mío apoyando mi
cara y mi cuerpo contra la transparente cristalera. Observados

por todos y por nadie, sintiendo cómo un escalofrío nace en mis
erizadas puntas y recorre todo mi ser. Nuestros cuerpos y
mentes conectan, deseando fundirse, yo sé lo que él quiere, él
sabe lo que yo deseo, sus manos recorren mi torso buscando el
premio que le he prometido, el contacto directo del vidrio hace
que todo en la superficie aumente cada vez más su dureza, sus
fuertes manos se pierden, mi pelo vuelve a ser su esclavo,
tirando de él hacia atrás, arqueando mi cuello, mi boca
entreabierta suplica más, sus labios rozan mi lóbulo para
deleitarme con ardientes insinuaciones, noto cómo el vapor que
emana de su garganta me perfora hasta lo más profundo de la
mente, que poco a poco deja de ser un órgano de control
convirtiéndose en el controlado. Todo, mientras mi organismo
lucha para no desfallecer ante la guerra del ardiente cuerpo
contra el frío cristal, una batalla maravillosa que me ha pillado
en medio y de la que no saldré ilesa…».